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sábado, septiembre 01, 2007

Reservado (3/3)

12 parroquianos

Era viernes y Samblas se preparaba para el fin de semana, juerga, fútbol, cervezas… dormir, comer, etc. ¡Ah! sí, y a comprar el boleto, casi me lo olvidaba. Él, aunque todavía dudaba, se recordaba. La vieja, por su parte, tejía a croché recuadros de lana, de distintos colores. Ese era su panorama para el fin de semana.

¿Cómo se espera la suerte? Tomado cerveza en el entretiempo. Así se fue de copa en copa… Luego jugó Boca y ese partido sí que mejoró en entereza de los jugadores. Luego siguió con ginebra, pero por más perfume que su copa llenara no había caso con Racing, ni daba pié con bola… ni para atrás ni para adelante. Llegó el turno de River y de nuevo se animó el living de la casa. Otra ginebra y del boleto ni recuerdo. Cada uno se construye su infierno. Recordaba Samblas. Pero no se acordaba del paraíso y de la suerte del boleto. Paradojalmente el trago le cambio el switch; del pensamiento mágico a la abstracción digna del filósofo más concreto, siguió con los cánticos regionales de su natal pueblo, ofreciendo amor y buenos deseos a todos sus hermanos y, antes de caer sobre la mesa de centro, romper el vidrio y partirse la cabeza, alcanzó a proferir algunos insultos a la autoridad, “con todo respeto” decía él, “porque no estoy en mai cantri”, remedaba a los gringos, “pero estos hijos de puta se lo han robado todo, incluso mi premio”. Agregó finalmente.

Al despertar en el hospital del municipio de Casanova le pidieron que dejara tranquila a la enfermera y le dijeron que lo que tenía en la cabeza no era nada grave, que en un par de días podría volver a su casa. Gordo porfiado, se levantó, le agarró el trasero a la enfermera y se retiró del hospital. El médico lo detuvo en la puerta y le dijo que todavía no le daba el alta. Él le contestó que se la podía meter por donde quisiera pero que se iba de esa basura de hospital, que en su país la atención era mucho mejor y que las enfermeras eran más cariñosas. Así que se fue. Samblas salió del hospital y cuando tornaba la primera esquina se encontró con un quisco donde se mostraban los resultados de la lotería. Revisó el número ganador: 4815162342. ¡Era su número! ¡Era el ganador! no lo podía creer. Tomó un taxi hasta su barrio y luego hasta el negocio de la vieja… Ahí estaba ella, tejiendo su croché detrás del mostrador.

- Dónde está mi boleto.
- Qué boleto, lo esperé hasta el domingo por la mañana y usted no apareció así que lo vendí a un señor un poco insolente que insistió en querer comprarlo.
- ¡¿Pero usted está loca?!
- No, sin insultos por favor.
- ¿Qué día es hoy?
- Martes ¿Por qué tanto escándalo?
- ¡Porque el maldito boleto era el ganador del premio de “Reyes”!
- N o l e p u e d o c r e e r.
- ¡¡Créalo nomás vieja de mierda!!… ¡¡toda la vida esperando y!!… ¡¡¿se da cuenta?!!



Muchos años después volví a encontrarme con el gordo. Se casó. Tuvo su correspondiente prole y me contó que nunca, desde aquella fecha, dejó de comprar el boleto correspondiente. Además, agregó otros sorteos que seguía “religiosamente”. 20 años llevaba en esa historia y lo único que encontraba en cada sorteo era un: “siga participando”. Hasta que un día lo pilló el cáncer que le hizo entender la ironía de los resultados de los juegos: "siga participando".

La vieja, bueno, esa es otra historia que está terminada en otro cuento.

Y el ritmo, el ritmo es una excusa para inventar otra historia.

viernes, agosto 31, 2007

Reservado (2/3)

0 parroquianos

...Y así Samblas siguió farfullando durante un par de días más. Al Gordo, como Samblas era conocido en el barrio, le gustaba el fútbol y su equipo era Racing de Avellaneda: eterno segundón, de los de abajo, de los que tienen poco perfil, de los que casi desaparecen de la historia o que, definitivamente, no aparecen. Una vez, como hace veinte años, había ganado un campeonato y siempre recordaba ese glorioso conjunto, sobretodo después de la tercera cerveza cuando ya se le empezaba a englobar la vejiga,. El equipo de ahora era una mierda, daban patadas como locos y lo único a lo que le achuntaban eran los talones del contrincante.

El barrio era uno de inmigrantes, de esos que se apiñan para mantener la “cultura” y las costumbres de la tierra natal. Da lo mismo lo que suceda a cada uno, lo importante es el grupo. Por ejemplo: que la vieja de la esquina se quiera cambiar a otro barrio era mal mirado y le valía ser ofendida como traidora. Lo más importante era mantenerse unidos – como si a los extranjeros en estas tierra se los quisieran comer, como si en la mentalidad del europeo emigrado estuviese prefigurado el prejuicio que los latinos son caníbales – ayudarse y cagarse, que es parte de un sentimiento patrio y fundido en uno. Una inmigrante igual que Samblas era la que atendía el negocio donde compraba los boletos de lotería. Era una señora mañosa pero preocupada por su prójimo. Refunfuñaba la vida porque nunca se encontraba en el lugar adecuado, y se daba cuenta, no necesitaba que se lo fuesen a decir y cuando de algún modo se lo hacían ver, más refunfuñaba y el impertinente podía ver cómo esa señora, de carácter “tano”, dejaba traslucir en su rostro una pequeña muestra del mismísimo “coludo”. Por el contrario, si el prójimo entraba en su tono, la vieja podía regalar una sonrisa de esas que la perfecta Gioconda le hubiese envidiado. Si un valor tenía pegado arriba, en el tope de la escala, ese era la lealtad; su vida se escribía y escribió entre ella y su antagónico: la traición. Por eso, luego de la pena de Samblas al perder su premio gordo, se sintió tan culpable y entristecida por el hecho que comenzó a rodar por el cono sur de América Latina, ya nada la ataba a Bs. As., hacía un par de años atrás su marido había muerto y sus hijos comenzaban a hacer vida independiente.

Un tipo había entrado al negocio de esta vieja y había querido comprar el boleto, la vieja le dijo que no porque estaba reservado, enervado el tipo le dijo: para qué mierda lo tiene a la vista si no lo va a vender. Y ella le contestó: ¡y a voh qué te importa! el negocio es mío y vendo lo que yo quiero y a quien quiero, así es que se da media vuelta y mándese a cambiar. El tipo se retiró pegando un portazo. La vieja agarró el boleto y lo dio vuelta, dejando la parte blanca hacía el público y le pego una etiqueta que decía: Reservado.

martes, agosto 28, 2007

Reservado (1/3)

3 parroquianos

Me había dado cuenta que mi relato tiene ritmo. Que cómo lo conseguí (que tenga ritmo), creo que son varias cosas combinadas. Por ejemplo la rabia con la que escribí mi primera tesis me obligó a que tuviese ritmo para que se escuchara más como una canción que como reclamo poco académico; total la rabia literaria puede pasar como una tesis frente a los ilustrísimos. Resultado: nunca presenté esa tesis.

Lo que puede ser una pataleta contra lo establecido debe tener una raíz más profunda, más estructural, más constitutiva. Hay algo en la ironía bien dicha que seduce, atrae al abismo y permite forzar los contornos. Es lo que trato de hacer, una nota discordante que al escucharla varias veces comienza a tener ritmo. Era pequeño, me apasionaba el sonsonete melódico y el contenido (aunque en menor medida, porque a veces ni siquiera le prestaba atención) de las historias que el tío Vittorio contaba cada noche. Daba lo mismo si su historia era mentira; lo atractivo era escuchar esos cuentos por el puro gusto de escucharlos, como por el gusto de jugar, como por el gusto de aprender, como el gusto de viajar, como el gusto de flojear, como el gusto de escribir, como el gusto del corazón por latir, como el gusto de tantas cosas cuya única recompensa es sólo sentir gusto; sentir que ese traslado, de un lado a otro, que las cosas están en movimientos, vivas, no muertas.

Para evitar la orden materna de ir a la cama, me agazapaba bajo la mesa donde el mantel servía de escondite. Ahí escuchaba el ritmo de las historias de Vittorio. Eran cuentos comunes, llenos de humanidad, de vida cotidiana y también cargados de chismes. Todo con ritmo. Cada pausa sembraba la expectativa en el auditor, cada punto seguido permitía el respiro de los oyentes, que se comportaban como si ese simple acto fuese a restar audición al relator quien, finalmente, en cada punto final se teñía de satisfacción por la historia re-vivida y por la evidencia de haber generado en más de alguno el anhelo por escuchar otra. Una de las historias que escuché fue la siguiente:

Compró durante cinco años el mismo boleto de la lotería. La dueña del local se lo reservaba y lo pasaba a retirar cada día sábado, siempre antes que se hiciera el sorteo. En esa oportunidad eran las fiestas de fin de año y en Buenos Aires, además de Navidad y Año Nuevo, se espera a los Reyes Magos cada 6 de enero. Pedro Samblas retiró, como acostumbraba, el boleto del 25 de diciembre: no resultó favorecido. Luego retiró el boleto para el gran premio de Año Nuevo y nuevamente no premió con gordo alguno. Gordo había ido quedando, al parecer, con la espera del premiado. Pero el gordo premio se resistió durante tantos años que ya no encontraba sentido a poner más empeño en la empresa. Esas dudas traía durante la semana antes del primer gran premio del año: el de la fiesta de los Reyes Magos (más conocida como Pascua de los Negros). Los gringos ya habían terminado el Plan Marshall; Europa parecía nueva y comenzaba la Alianza para el Progreso. Era nuestro turno, el de América Latina. La ayuda en algún sentido llovía desde el norte; para algunos era la conmiseración del Tío Sam con los indios del sur, para otros, compra de consciencias para perpetuar la dominación… de cualquier forma, en la “América Morena”, como dicen lo siúticos, comenzaríamos a dar tumbos tras tumbos dictatoriales. Antes de ese entuerto –reflexionaba Vittorio- cómo no podría haber un pequeño toque para este humilde ciudadano del mundo, que si bien emigró de su natal pueblo - de la Italia de Mussolinni - para probar suerte, al parecer, a Samblas, la mala racha se le había pegado en el pasaporte. Cuando el hado no te toca parece que Dios se ha olvidado de ti, pero lo mejor es no perder la esperanza. En la iglesia lo que siempre te recuerdan es que la esperanza es lo último que se pierde y si la pierdes te entra la duda, así que luego y bien rapidito la recuperas: pensamiento mágico le llaman algunos. De todas formas siempre se cuela la duda: - sigo o no sigo. Se decía Samblas. Si había una fiesta donde los astros tendrían que haberse alineado era en Navidad y “por defecto” en Año Nuevo. Si algo no pasaba en esa fecha, qué se podía esperar del resto del año que además, recién comenzaba. Pero a no blasfemar y no dudar, hay que asegurar la confianza y ver el porvenir en el próximo boleto. No vaya a ser cosa que en la omnipresencia, en el omnipoder y en el omni-todo, toda esa gente se meta en mi cabeza y averigüen que estoy dudando de su existencia (de Dios). Se decía Samblas. Frondizi debió haber recibido unos cuantos dólares de Kennedy, o de Eisenhower. Por qué a mí no… o, por qué a mí sí. De cualquier forma, entre tanta cavilación sobre la política de aquel entonces, la duda se fue implantando como tumor zurdo. ¡NO! nuestro bienestar no está librado a nuestra suerte, hay que alzar la voz y decir: ¡NO!… ¿pero si el boleto saliera favorecido? ¿Cómo saberlo de antemano? Los compañeros en la obra me han dicho que cada uno se construye su infierno… o su paraíso. Cómo se puede hacer esto ¿tirando una moneda al aire? Si sale “cara” juego el de la Pascua de Negros, si sale “sello” le hago caso a los compañeros. Y le salió sello. Era día lunes cuando hizo toda la parafernalia de que ese sábado no iba a jugar el boleto de reyes. Rumiando anduvo un par de días más y le daba vuelta a eso que el cura le dijo en el colegio y le habían recordado en la iglesia no hace mucho. Un recordatorio que no iba dedicado especialmente a él pero que lo sintió como una seña inequívoca respecto de sus actos y su pérdida de esperanza: ¡Dios sabe todo lo que tú haces! ¡Concha la lora! cómo safo de ésta ¿con quién quedo bien, con los compañeros o con Dios?

Era ese "puto" concepto de la introyección de la ley el que no le dejaba descansar y tomar una decisión libremente… ¡pero de qué estamos hablando! si la libertad descansa en un boleto de la lotería, qué hay después del 6 de enero. Le advierto al lector que Samblas no ganó la lotería, pero apuesto que seguirán leyendo...

miércoles, agosto 01, 2007

Oposición

1 parroquianos

Moebius fue a la Antártica y los cabalistas del mundo temieron lo peor. En ese lado, lado del mal por oposición (el mundo es binario), siempre ha sido un lugar “sin”, y ese “sin” se ha transformado, en muchos sentidos, en una falta en el sur. Cuando Moebius llegó ahí, por vez primera, el mundo podría haber sido mirado al revés, pero dar vuelta las cosas no es gratuito a la vida, muy por el contrario, puede derivar en una catástrofe...

... y todo porque en la Antártica no hay osos.

miércoles, enero 31, 2007

Destino

5 parroquianos

- Qué pasa Moebius que has empezado a borrar cosas en tu blog.
- No, nada, lo que pasa es que quiero contar un cuento y de aburrido me puse a borrar cosas, en todo caso nada importante.
- A veces da la impresión que quieres inmolarte.
- Sí, un molar es lo que me duele y creo que me distrae, no me deja pensar. Además, hace un tiempo escribí un cuento que quedó pal carajo.
- ¿y cómo se llama? para leerlo.
- No, si no lo publiqué, pero ahora quiero contar otro cuento.
- A ver... ¡dale!
- Lo que pasa es que no sé cómo comenzar, no sé cómo hilarlo, no sé cuál es la metáfora que quiero comunicar. Aunque da lo mismo, casi nadie las entiende. Tampoco quiero repetir las estructuras anteriores.
- Ok, entiendo, y de qué se trata, tienes alguna idea.
- Sí, pero te lo voy a contar a ti solamente.
- Bueno, de aquí no sale.
- ¿Tú crees en el destino?
- Por supuesto que no, el hombre tiene libre albedrío, pero déjate de vueltas y cuenta de una vez.
- Ok, era un pregunta nada más, ahí voy.


Se trata de un cajero de banco, pero uno bien particular porque es el más rápido de la región. Todos los días, por la mañana, era el primero en llegar a la sucursal y ordenaba todo en su habitáculo (habitacle) para estar listo cuando a las 9:00 abrieran las puertas. Tomaba su caja para los billetes de veinte, diez, cinco, dos y mil pesos, (estuve tentado a ponerle dólares para que este fuera un cuento internacional – una vez me corrigieron: thanatos no es igual a agresividad, y esto es esencia, perfume de thanatos). Continúo. El lunes era el día más tedioso porque la modorra, efecto natural del fin de semana que por lo general se lo pasaba en su casa compartiendo con los amigos que eventualmente lo visitaban, o aunque los amigos no aparecieran igual se tomaba su piscola -, hacía que sus dedos estuvieran como entumecidos toda esa primera jornada. Pero era cuestión de tiempo, porque cuando se acercaban las 14:00 horas, tiempo de cerrar, sus índices y pulgares comenzaban a contar billetes más rápidamente. De cualquier forma, el ritmo promedio que alcanzaba los lunes era siempre más rápido que el de los dos compañeros que ocupaban las cajas a sus costados.
Cada tarde contaba a sus amigos el nuevo record que lograba: 20 billetes en 5.3 segundos o el orgullo por las felicitaciones de una preciosa mujer, agradecida tras haber recibido su rápida atención. Casi todo se reducía a rapidez; rapidez para manejar, rapidez para llegar a un destino, para barajar el naipe, para hacer el fuego del asado (pero no el asado). Y también a cantidades: cantidad de billetes, cantidad de parejas en la adolescencia, cantidad de kilómetros recorridos en auto sin parar, cantidad de horas despierto, cantidad de piscolas ingeridas. Al final, la conclusión eran números y velocidad; rapidez y cantidad.

Los martes comenzaba con un leve retardo respecto del último record del día anterior. Luego de media hora, con los dedos ya calientes, empezaba a imponer nuevas marcas ante la mirada de sus colegas. Mientras la fila que él atendía tenía 10 personas, las otras no pasaban de 3 a 4. Ya dos veces en el año había sido nombrado el empleado del mes, y esperaba por la tercera antes que llegara la navidad. Había escuchado que en esa semana se iba a premiar a alguien y esperaba que fuera él.

Los miércoles alcanzaba el clímax en lo que a rapidez para contar billetes se refiere. Era su día de mayor rendimiento, siempre atento a prestar un rápido servicio para llenar de orgullo al agente del banco. Una de las chicas que le alcanzaba los cheques cuando debían ser consultados por la firma se terminó convirtiendo en su esposa. Ella lo admiraba cuando lo veía contar los billetes que pagaban el documento que ella misma le devolvía luego de la revisión de la firma. Él, a su vez, le devolvía con una sonrisa su desvelo. Se enamoró de ella porque ella se enamoró de él y ella se enamoró de él porque detrás de las manos así como de los ojos, él escondía una interrogante: ¿qué puede llevar a un hombre a tomarse tan en serio un trabajo y querer ser el primero? Pregunta ávida de existencialismo, al más puro estilo de Camus, pero que los llevó al altar.

Los primeros meses, y hasta un par de años después, fueron felices. Mientras se mantuvo el misterio. Después los problemas comenzaron en los momentos que compartían en casa y cuando él no contaba billetes; ahí ella no lo admiraba y él dejaba de amarla, y al dejar de amarla ella dejaba, a su vez, de quererlo y entonces no se prestaban atención y, salvo la obligada comunión de las comidas, ninguno participaba del otro y cuando lo hacían era para gritarse o insultarse. Chispazos había, de lo contrario no hubiesen estado juntos más de treinta años. A veces, él dejaba de hablar de los billetes y a ella dejaban de importarle los recuerdos por los que comenzó a vivir con ese hombre. Entonces construían algo tan nuevo que llegaban a desconocerse y él o ella, a su turno, se decían: uno nunca termina de conocer a las personas. Así, podían estar embobados el uno con el otro durante una jornada, algo humano se prendía en ellos y armaba el juego (o fuego) hasta altas horas de la madrugada. Luego de ese evento, que rompía la sequía de seis meses sin sexo, ella, ante el regreso a la “costumbre”, le decía: - te conozco tan bien. Es tan corto el amor y tan larga la costumbre.

Ella provenía de una familia con abolengo, dueña de unas tierras ubicadas hacia la cordillera, hacia el interior de Loncoche. Era un campo improductivo pero el lugar era muy bello. El padre, de escasas habilidades emprendedoras, no había sabido sacarle partido y, fuera de tener una casa patronal -donde daba alojamiento a mochileros y otros trotamundos- más una chacra y algunos animales, no tenía grandes cosas. Aún así, con esa escasez, el matrimonio de ella fue a tal nivel que algunos invitados se imaginaron que sería heredera de una gran fortuna. En realidad los padres se gastaron los años de ahorro porque querían ver “bien casada” a su única hija.

Los días jueves, producto del cansancio que comenzaba a acumular en la semana, su rendimiento decaía levemente para llegar al punto más bajo de toda la semana entre las 13:45 y 14:00 del día viernes. En la tarde de ese último día laboral, el agente del banco pasó por su lugar de trabajo y le preguntó por su salud, su familia, por su ánimo en general. Él respondió que estaba todo perfectamente bien, que la familia andaba de “las mil maravillas” como lo podría constatar al ver pasar a su señora por ahí cerca. Le comentó al agente que se sentía un hombre dichoso y le agradecía la posibilidad de poder seguir sirviendo al banco en algo que a él tanto le gustaba: contar los billetes lo más rápido posible. El agente, con el rostro absolutamente enfocado en el cajero pero con la cabeza en otro lugar, le dijo que así era y que estaban muy orgullosos y agradecidos por su trabajo, que le estaban preparando un pequeño homenaje para celebrar su colaboración al banco durante largos 35 años. También le dijo que nunca había visto a un cajero más rápido y eso que a él le había tocado desempeñarse en varias sucursales del país, desde Arica hasta Aysén. Finalmente le preguntó si tenía algo que hacer por la noche, a lo que el cajero le contestó que iba a juntarse con unos amigos pero que les diría que podrían reunirse el sábado. Entonces el agente del banco le pidió que se fuera a la casa y se arreglara para estar presente a las 19:00 en el salón principal del banco. Así lo hizo y en su casa se encontró con su mujer que a su vez se estaba preparando para el mismo evento. Hacía aproximadamente seis meses que no se tocaban y los roces propios de una pareja que buscan las mejores pilchas para vestirse en el mismo ropero los hizo entrar en calor y arrojarse al amor. Tan felices quedaron que ella preparó un jugo natural de naranja para refrescarse. Él cantó en la ducha, se afeitó nuevamente y se puso el mejor traje que tenía. Juntos se fueron al pequeño acto de reconocimiento que le habían preparado. La ansiedad de ambos los hizo apresurarse y llegar a las 18:30, cuando todavía estaban preparando el proscenio y las butacas en medio del salón principal y en cuyo costado se emplazaban las cajas de atención de público, donde se podía ver claramente que en la caja central, que él ocupaba, se había reemplazado el letrero “Caja 2” de letras blancas y fondo gris por otro del mismo tamaño pero con letras doradas. El agente se acercó a ellos y les pidió que fuesen a dar una vuelta por el pueblo mientras terminaban de hacer los preparativos. Asintieron y les quedó dando vuelta, de hecho lo comentaron, que ver cómo hacían los preparativos fue un desatino, es como ver a la novia con el vestido o como ver la construcción de un auto que parece de metal pero es de plásticos o fibras de vidrio. En realidad el asunto de ver cómo se hacen las cosas sólo les entusiasma a tipos raros como los sociólogos e ingenieros pero no a gente normal como un cajero. Fueron a dar una vuelta, tomaron unos helados y los disfrutaron mirando el lago desde el muelle de la ciudad. Él miró la ribera opuesta y se dijo para sí, sin pronunciar palabra: allá la línea que separa el agua de la tierra es oblicua, debería ser recta, pero es oblicua. Cómo se podría torcer un poco esta vida, cómo en vez de contar billetes podría lograr contar otras cosas. Quizá en el otro lado del lago la vida sea distinta; un paraíso, y qué podría hacer en un paraíso: quizá contar cuántos tipos de paraísos existen. Mi vida, ¿en qué piensas?. Le dijo ella. En nada, nada importante. Le contestó. ¿hay algo que quieras hacer antes de la ceremonia? Le preguntó ella. No, así estoy bien. Contestó él. Por un rato, tomados de la mano, siguieron mirando el horizonte. A su vez ella pensaba en lo afortunada que había sido; le había tocado un hombre que no la maltrataba físicamente y la dejaba trabajar, contrario a lo que ocurría con la mayoría de sus amigas. Es cierto que al llegar a su casa debía ocuparse de todas las labores, pero tampoco podía ser de otro modo. Para ella soñar con otra vida era siempre involutivo, por eso estaba muy conforme con la que tenía. ¿hijos? Bueno, tener a su marido era como tener uno. Sobre sus cabezas pasó una piedra que un niño lanzó al agua, el reto del padre al niño por la imprudencia, sumado al ruido que provocó la piedra al caer al agua los despertó de la ensoñación en que se encontraban.

En el banco ya estaba todo preparado y en la medida que se fueron adentrando por un pasillo central los aplausos de los asistentes se dejaron sentir cada vez más fuerte. Sólo una vez sobre el escenario y por la petición del gerente cesaron los aplausos. A él le galopaba el corazón y pensaba en qué palabras les dirigiría a sus compañeros que le reconocían una vez más como el mejor funcionario. El gerente dijo puras obviedades, cosas que se estila decir en todos los discursos, pero que todos dudan que sean parte de sus reales sentimientos: “...estamos todos aquí reunidos... ...esperamos poder seguir contando con tan abnegada entrega... ...es un ejemplo para todos ustedes... ...nuestro funcionario es muy querido por nuestra institución... ...estamos felices con los logros que este año hemos alcanzado, todo ello no sería posible sin ustedes... ...gracias y esperamos que el próximo año sea tan prometedor como el presente... ...dejo con uds. a nuestro funcionario estrella. Felicitaciones”. (Aplausos)

He tratado que mi vida sea oblicua, en realidad eso es tratar de conformarse al no ver que mi vida sea redonda; donde pueda atar el fin con el principio. Ni siquiera he logrado cierta oblicuidad, cierto contorno o lomo que rompa esa rectitud. Gracias. Eso fue todo lo que dijo ante la mirada atónita de los concurrentes. Ni su mujer entendió lo que quiso decir. Con lo ojos húmedos, salió del banco y se fue a su casa. Gran parte del fin de semana lo pasó durmiendo y pensando en qué había hecho de su vida; sacó cuentas como lo hacía cuando contaba billetes y la suma no le cuadró, trató de multiplicar pero sólo tenía ceros. Volvió a dormir. Despertó. Prendió un cigarrillo y volvió sobre el mismo cuento; se hizo una piscola y miró los galardones que había ganado contando billetes. Su mujer había viajado, como era habitual, a Loncoche, a la casa de sus padres. Solo, el día domingo siguió durmiendo y dándose vueltas por su casa. Se paseaba en calzoncillos y nadie llamó a su puerta ni hizo sonar el teléfono. ¿Qué haré mañana? Se preguntaba. Seguir contando billetes y tratar de conseguir otro galardón para mantener la rectitud de mi vida ¿qué más puedo ganar?. Se contestaba. El lunes cuando regresó a sus funciones en el banco, sobre su escritorio y en el de las cajas uno y tres, había una máquina de contar billetes. Esa tarde, luego de terminar su jornada laboral, tomó la pistola que guardaba para defenderse de eventuales ladrones, la puso en su boca y jaló el gatillo.

martes, enero 02, 2007

Leche Condensada (segundo lugar)

5 parroquianos



Este cuento alcanzó el segundo lugar en un concurso literario del Ministerio de Educación.

Leche condensada, ese era el objetivo... (leche condensada). (Condensación de muchas carencias y de las caries que me sacaron un boleto al otorrinolaringólogo quien no ha podido curarme la sinusitis). Todo mal.

En este lado del río había un almacén que me tentaba todos los días con una pila de tarros de leche condensada, y yo sin poder alcanzar ninguno. A veces llevaba uno en mis manos, pero era para algún producto de repostería. A veces era para el café o para el té; a veces para compartir con todo un familión de tíos, primos cercanos y lejanos. A veces quedaba durante largo tiempo en el olvido de alguna estantería (no de mi olvido, por cierto). Esta suma de “a veces” se transformó durante mucho tiempo en un “siempre”, por un lado y un nunca para mí solo, por otro. Hasta que un día lo logré. Con el ánimo de asesinarla, llegué hasta donde una tía; poniendo cara de ternura logré sacar de ella unos cuantos y suficientes morlacos para la compra de mi vida, aunque ella no sabía el destino final del dinero. Ese intercambio (cara tierna por plata) le salvó de morir simbólicamente.

¿Dónde comprarla? Gran segundo escollo. Todos en este lado del río eran mis parientes y, ante cualquier amague de compra, medio pueblo (los de este lado del río) se enteraría de la adquisición y lo que quería fuese sólo para mí, sería un producto partido quizás en cuántas fracciones: ¡Nica!. Me dije. - A cruzar el río- aseguré. Junté fuerzas y valor y me dirigí hacia el puente para conseguir mi botín. De pronto comencé a sentir un pequeño calor entre las piernas. ¡Orines!... ya casi me meaba. Entre el frío y el miedo los nefrones hicieron su trabajo y tuve que volver a casa a resolver el pequeño inconveniente...

Cada vez que pongo un pie en ese puente se me vienen a la cabeza imágenes de seres que podrían causar más de algún perjuicio en mi apreciada estabilidad emocional, tirito y los nefrones hacen su trabajo. Nunca he sabido cómo enfrentar ese temor y lo más probable es que lo resuelva de la peor manera (¿cuál será la mejor?). Pero ¿a qué me enfrento? a compartir un tarro de leche condensada o arriesgarlo todo: dinero y alma, alma y dinero, y conseguirlo del otro lado del río para que sea sólo para mí. A este lado la seguridad es completa, pero el botín compartido y, probablemente, como somos tantos y yo soy el más pequeño, sólo alcance a estimar el aroma del tarro. Al otro lado del río el riesgo es alto, la posibilidad de perder todo el botín es algo que podría ser inminente. Mientras camino pienso que ese es el único puente que está más alto que el resto del camino y en cada uno de sus extremos se forman pequeñas pendientes, más fuerte en el caso de la que está de este lado del río que la del otro lado. En realidad es, creo, el único puente que conozco. El otro puente sobre este río está varios kilómetros abajo y no lo he cruzado. Lo primero que a uno lo recibe habiendo bajado la suave pendiente en que remata el puente del otro lado del río, es el cementerio. Cementerio que alberga bajo tierra a la mayoría de los parientes de nuestra familia, pero ¿por qué está del otro lado del río si son nuestros deudos?

Frente al cementerio pasa a mi lado un tipo con una mujer; miden unos 2 metros de altura. Ella lleva la cara cubierta por la cabellera. Él me mira y uno de sus ojos está medio cerrado. Afirmando su mano con el dedo pulgar en un bolsillo del pantalón sujeta entre el índice y el anular un cigarrillo. Con el otro brazo sujeta a la mujer por la cintura y se bambolean en la vereda de un lado a otro. Tanto, que tengo que bajar a la calle para pasar al lado de ellos. Al cruzar nuestros caminos y dejarlos atrás me doy vuelta para asegurarme que hayan seguido otro rumbo y ella, a su vez, se da vuelta a mirarme dejando ver entre su cabellera uno de sus negros ojos. El emporio está a dos cuadras ascendiendo por una suave pendiente. Desde allí desciende una serie de sujetos, cada uno mide como 2,1 metros de altura, todos enfrentándome por la vereda poniente de esa avenida. Ya estoy aquí, falta muy poco, es tan sólo una transacción y nos devolvemos. Entré al negocio, pedí la mercancía, el sujeto me miró con una cara de complicidad que me hizo ruborizar y sentirme culpable de lo que estaba haciendo en otras tierras. Cogí el tarro y tiempo después, cuando supe más de dinero, me di cuenta que había pagado el doble por un tarro, o que podría haber comprado dos, o que me retiré tan rápido y antes que me pudiesen dar el vuelto.

Casi como un efecto de rebote los sujetos que antes iban, ahora venían; es decir, nuevamente su rumbo era contrario al mío. Sin embargo, ahora eran todos un poco más pequeños, pero yo seguía siendo mucho más pequeño que ellos. Al pasarme uno de ellos levantó rápidamente un brazo y, con la misma velocidad, sentí que lo iba a dejar caer sobre mi rostro. Sudé helado. Pero el gesto era para espantar un mosquito que le jodía la visión del camino.

Comencé a correr en dirección al puente y al llegar al extremo correspondiente a “los de este lado del río”...

Se va el pecho en cada resuello, la bajada pronunciada del puente parece un resbalín. El trajín de gente es mayor al del otro lado y con mucha mayor diversidad; viejos y jóvenes, altos y bajos, hombres y mujeres, parientes y no tantos, mujeres bellas y otras simpáticas. De todo. Y todos mirando mi camino. El único bolsillo en el que podía echar el tarro estaba roto, así es que debí acompañar con mi mano al tarro para que no se cayera al pavimento. Ese gesto parecía delatar en los pasos en que andaba y, por lo mismo, las miradas arreciaban al inusual tranco y postura que llevaba. De cualquier forma, esa sensación estaba más en la garganta amarga que se apretaba con los nervios y se soltaba con la salivación ante la inminencia del zarpe al tarro de leche.

El tío “tripa seca” sale justo de la oficina de correo. Lo miro de reojo desde la vereda de enfrente y no alcanza mi sigilo a evitar el encuentro. Con efusividad me saluda y abraza y yo, en una situación bastante incómoda, puedo corresponderle con un solo brazo. ¿Qué te pasó en el brazo mijito? Me dijo. NaAAaa, es que lo tengo un poco adolorido. Le contesté. Vamos a la casa para que la Isabel te lo revise. (putas, ¿qué mierda hago?). No se preocupe tío, si fue un golpecito, ya se me va a pasar. Le dije mientras sentía que un calor me subía por entremedio de la ropa hasta mi rostro (y una voz me decía: ¡mentiroso!). Bueno, cualquier cosa me vas a ver. Me dijo. Se despidió y se fue. Yo tuve que salir para el otro lado; desandar lo andado porque el “tripa seca” se fue para donde yo me dirigía. Torné la esquina y miré por el borde de la casa hasta que el viejo desapareció.



- Claro, los dolores del cuerpo te hacen crecer.
- Cierto, pero eso lo pueden saber los médicos... ¿cómo distingues entre un dolor de crecimiento y una enfermedad? Tienes que preguntarle a un médico, pero cuando llegas ya se te pasó; es como cuando escuchas un ruidito en el auto y lo llevas al mecánico para que lo arregle y en el taller el ruidito desaparece. Pero al salir del taller, a una cuadra de distancia, el maldito vuelve y vuelves al taller y éste vuelve a desaparecer. Es el destino que te está agarrando pa' la palanca (te sube y te baja a su antojo). ¿Me entiendes?
- Claro.


Bajo aquella plataforma queda un espacio desde donde se observa el centro neurálgico del pueblo pero nadie puede, por los arbustos que lo protegen, observar hacia su interior: sitio ideal para el asalto al tarro de leche condensada.



- Te has dado cuenta que cuando estamos a punto de lograr algo, siempre falta algo.
- Sí ¿Pero en qué estás pensando exactamente?
- En que luego de pasarnos a todos los jugadores rivales pegas un tirito que recoge fácilmente el arquero; en que siempre te falta un papel para que te den el certificado; en que siempre el árbitro nos deja en el segundo lugar; en que siempre que vas al supermercado, compras cualquier cosa, y no lo que pensabas comprar; en que cuando te compraron un monopatín, los demás andaban en bicicleta; cuando te compraron jeans, los otros andaban con cotelé.
- Ahhhh, sí.



Con la salivación galopante e instalado bajo la plataforma desde la que, normalmente, hacía sus discursos el alcalde, surge el último problema: ¿cómo abro la lata? Agité el suelo buscando alguna piedrita que pudiese servir de herramienta para hacerle al tarro los correspondientes dos hoyitos (uno para succionar y el otro para que entre el aire y permita circular el maravilloso fluido). ¡Nada! Puras piedras redondas, ni una sola con un filo o canto. Golpeé y golpeé el tarro con un par de piedras. Usé palos: todos se quebraron, incluso le di contra el canto del cemento de la plataforma. No hubo caso. En la oscuridad del lugar, con el tarro entre las piernas me senté a pensar. Muy bien, me decidí a salir pero antes dejé escondido el tarro entre un par de plantitas. Caminé dos cuadras y en casa de una tía (otra, no a la que siempre le he deseado el mal), saqué un cuchillo con punta. Justo en el momento que lo guardaba en el bolsillo entró mi tía y me pregunta ¿Cómo estás mijito? Bien, bien tía. ¿Qué busca mijito? No nada, nada tía. Y me dejó ir. ¡Uf! Qué suerte. Se imaginan explicar qué andaba haciendo, a mi edad, con un cuchillo con punta; lo mínimo que conseguía era quedar como egoísta por esconder un tarro de leche condensada y, lo más probable, es que perdiera mi botín en beneficio de un küchen o queque. ¡Nica! Volví al escondite, busqué y busqué el tarro. No estaba. Miré hacia afuera a ver si alguien, por su rostro, se delataba. Nada ni nadie dio la más mínima pista. Fuenteovejuna se lo tomó y nadie sabe para quien trabaja.

jueves, octubre 05, 2006

Análisis de discurso.

6 parroquianos

Una cosa está clara: Ocho tiene problemas con el mundo, incluso podría ser pariente de la vieja de otro cuento. De Uno qué se puede decir... Uno es un amor (si uno no se lo dice ¿quién entonces?) sólo con eso cree que se pueden resolver los problemas. Uno es pura voluntad y, en cierta medida, eso vale para todos. Uno es como el cuadro Las Meninas de Velazquez, y la paradoja del pintor pintado; Uno es uno, el lector, Moebius y el leído.
99 son los nombres de Dios, Nueve cree tener parte de ellos y por eso cree sabérselas todas. Además, se arroga la representación de otros y toma su voz. Aunque en cierto sentido puede tener razón, porque un nueve invertido es un seis.

Anoche, divagando con la almohada me di cuenta que Ocho (de nuevo) tiene algo con el Poder... mmm, a Ocho le gusta el Poder y por eso esta cerca de Nueve, porque cree lo mismo que cree Nueve; estar cerca de Dios, y como por estos tiempos Dios es más poder que amor, Ocho se acerca a Nueve convencido que tiene aquello que pertenece a los dioses. Por eso Ocho y Nueve esta a otro nivel, distinto al de Tres y Dos. Además, tienen más de una personalidad, imagínese que si Ocho se tiende se convierte en infinito -infinito poder - y Nueve en Seis.

Nueve es como los políticos; creen saber lo que a otros (Seis) sucede. Por el contrario, Seis es como la masa de gente, es decir: mudo, y representa, en el discurso, a los número que no hablaron. Por el contrario, Tres y en menor medida Dos, son terrenales pero que sacan la voz; son tipos que no se les entiende lo que dicen, pero lo que dicen lo dicen con convicción.

sábado, septiembre 30, 2006

Focus (concluido)

4 parroquianos

Moebius: ¿qué les parece este habitacle?... a ver, usted, qué piensa.

Uno: yo no pienso señor, pero se me ocurre que usted es muy gracioso.
Todos: risas.
Dos: yo pienso señor que esto es un error.
Todos: /cara de pregunta/
Tres: yo pienso que este espacio es una locura completa, es impredecible, no se sabe con qué va a aparecer en el siguiente post, pero no creo que sea un error... creo que es una equivocación y no es lo mismo.
Uno: claro, y pienso - acabo de pensar - que por eso a muchos nos cuesta comentar.

Moebius: Ud. Nueve ¿qué piensa de lo que se ha dicho?

Nueve: Pienso, básicamente, pero pienso - no como otros - que Maturana, entre las muchas patrañas que ha señalado, a algunas cosas les ha achuntado: las equivocaciones no existen; si uno lo piensa bien, en su momento lo que hoy llamamos equivocación, fue algo debidamente fundamentado y deliberadamente realizado. Que las consecuencias nos lleven a pensar que ha sido una equivocación eso es otra cosa, pero en el momento... en el momento es un acierto, por tanto, creo que Tres está errando en su opinión.

Ocho: Señor Arquitecto, podría dejar de agarrarnos para el weveo y decirnos cuál es el punto que interesa en este post.

Moebius: Ocho ¿por qué es tan paranoico? siempre que sale algo de su boca es para referirse a alguna teoría de conspiración o confabulación. Ocho, viva la vida y piense que a veces importa más recorrer el camino que llegar/morir.

Uno: Si Ocho, ¡piense!

Ocho: Ok, tiene razón. Yo creo que todo esto es producto de mi imaginación y nada de esto existe. Todo es virtual y, por tanto, no puedo decir otra cosa que me parece que está bien. De otra forma sería pensar que lo que yo pienso está mal.

Moebius: Ocho... me sorprende.

Tres: Yo creo que Ocho esta equivocado y su planteamiento es un error.
Dos: yo creo lo mismo que Tres.

Moebius: y ¿qué piensan Cuatro, Cinco, Seis, Siete, Diez, Once y Doce?

Ocho: lo que pasa con Tres es que es un frustrado porque no es pareja y tampoco grupo... no es nada. Tres es una mierda.

Moebius: Por favor Ocho, que su enojo no le haga perder el bocho. Recuerde mantenerse en pie, si usted se tiende esto se pierde ¿me entiende?

Nueve: Señor Arquitecto, de alguna forma me puedo hacer cargo de lo que no dice Seis. Lo que pasa es que Seis piensa lo mismo que yo, pero al revés. Es, como quien dice, mi alter ego. En cuanto a la idea de Ocho, me parece interesante - es probable que a Seis no -. Ahora, su monismo describe muy bien este sitio.

Tres: Estimado Moebius, no le voy a contestar a Ocho ya que considero que sería rebajar mi nivel.
Moebius: Además esto no es un debate, es un Focus.
Ocho: ¿Nivel? ¿nivel? ¿de qué estas hablando weón? si tu nivel es más bajo que el mío. ¡Ja!, no me hagas reír. Voh soy Tres y yo Ocho, y sin lugar a dudas mi nivel es mayor al tuyo.

Uno: ¿Por qué hay peleas en el mundo? Sería mucho mejor si viviéramos todos en paz.
Nueve: Bonito sueño Uno (lugar común por lo demás), pero a veces tengo la impresión que la paz es solo un adorno.

Moebius: Síntesis: Ok. Queda claro que existe varias posiciones respecto a todos los temas que se les ocurre o, dicho de otra forma, si plantean un tema es para diferenciarse. Respecto de la pregunta, salvo las primeras aproximaciones, queda claro que no está claro, o lo que puede ser peor: da lo mismo. Gracias a los que opinaron, y a los demás, bueno, gracias por hacer número.


nota: bocho en argot argentino significa cabeza, imaginación.

jueves, agosto 10, 2006

Circuito de vida (completo)

4 parroquianos


Me es casi imposible saber cuando la conocí. Digo casi, porque debe ser que no me quiero acordar del episodio. Da lo mismo; seguramente no fue un encuentro muy grato. Sí me acuerdo de todo lo que vino a continuación, y claro, hubo feeling conmigo más que con cualquier otra persona, probablemente había un parecido natural, de esencia, de origen. Que cómo sé que hubo feeling: fácil, un día ella me habló cariñosamente y me dijo:

- ¡Lo único que te falta cabro de mierda… es que… es que… es que ahora te cagues en la cama! ¿No te parece suficiente el trabajo que le das a tu madre? ¡y encima te meas todas las noches!

Como siempre he sido un tipo obediente, al otro día desperté con la sorpresita reposando, todavía tibia, sobre las sábanas (si alguien desea dejar de leer en este punto, siéntase en completa libertad de hacerlo, sobretodo porque el asunto no mejorará). Esa fue la primera oportunidad en que sentí que iba a morir a causa de otro ser vivo, pero, como siempre ocurre en estas cosas, no pasó nada de eso. Se “cagó” de la risa y de ahí en más todo fue miel sobre hojuelas. Esa fue como la primera expresión de cariño, el primer “te quiero”, de ahí en más las expresiones verbales se transformaron en un estorbo, pasamos directamente al cariño expresado físicamente.



- ¿Te has fijado que el relativismo cultural aplica hasta que te tocan la fibra íntima o, tus intereses?
- O sea, que cuando nos empecemos a cagar de frío por la falta de gas en las casas, los hermanos bolivianos ¿van a dejar de serlo?
- Y lo más probable es que pasen de hermanos a conch… En todo caso no lo digo por mí, no, no, yo soy un tipo tolerante.
- Pero igual te vas a cagar del frío.
- mmmm, claro.


Ella siempre quiso lo mejor para su familia, pero la pobre incomprendida estaba tocada por la ironía de la fortuna, siempre encontró una mala forma para decirlo, comunicarlo o entregar esa ayuda. El cuento es que siempre la mandaban de vuelta con su solidaridad y con una clara recomendación que se la meta por aquella parte. Pobre…, en todo caso, a mí, después de aquel evento, el de la sorpresa en la cama, creo que siempre me tocaba su ayuda luego que ya la había ensayado con otro, así es que gustoso la aceptaba. Sin embargo, siempre noté que me la entregaba con cierto desgano, así como si rato antes la hubiesen mandado a la mierda y venía resignada a evacuarla sobre mí.

Así, con desventura, es como esta pobre vieja vivía sus últimos días de vida, sin ella saber que iban a ser sus últimos empeños por ayudar a su prójimo. Por cierto, quién podría saberlo. Su vida había consistido en un ritual, un circuito que duraba exactamente el año calendario y es que los rituales, de alguna forma, son siempre eventos circulares, retornan una y otra vez, y neuróticamente nos atrapamos en ellos y para cuando nos damos cuenta ya ha transcurrido toda una vida. La suya era una carrera contra el destino, una forma de mantener la meta inalcanzable – claro, porque si das vueltas en un circuito, nunca vas a encontrar la meta. Si ritualizas tu vida, es tu vida la que se convierte en el ritual y da lo mismo lo que se logre con el acto, lo importante es realizarlo – Ella, al igual que todos, partió de Llanquihue, es decir, era Yanqui-huana y, por supuesto, era de las de “este lado del río”, era nuestra. Con el andar fue construyendo su circuito y la mitad de América del Sur la vio permanentemente circular. La primera vez salió en dirección a Bariloche…

Cruzar solo la cordillera no es algo fácil, es como atravesar el puente que separa el río entre los de aquí y los de allá, es como echar a andar la barca para descubrir América, es como navegar al sueño de los platos rotos y los ojos de abejitas que se agrandan y achican. Cruzarla en compañía de otro es, probablemente, un aliciente, pero echarse a rodar sin saber qué se encontrará al otro lado es una experiencia un tanto fuerte. Especialmente porque esta vieja tenía que atravesar por el antiguo Paso de Peulla, con maletas que por sí mismas pesaban tanto o más que lo que acarrean. Micro, barquito, carreta, balsa, carreta, catamarán y micro. Eso que parece asociación libre, no es otra cosa que el juego de transporte que debía usar. Viaje interminable y claro, el paisaje es hermoso, pero el frío de la nieve te penetra. No puedo dejar de imaginármela atravesando con su evidente, pero no exagerado, sobrepeso; es decir, no me la puedo imaginar siendo joven, y lo era, es la persistencia de la retina (por eso algunos deben querer morirse jóvenes: ¡qué narcisismo tan descarado! Porque detrás de eso no se esconde otra cosa que pensarse como alguien bello y qué sabe uno de belleza si no en relación a que otro lo diga, a que otro lo nombre). El día que por primera vez cruzaba la cordillera, y en la oficina de migraciones, esa donde los ratis timbran una papeleta, estaba buscando su documento de identificación en su cartera mientras con la pierna derecha, levantada sobre la punta del pie, mantenía afirmada la maleta que se suelta en una de sus hojas dejando caer bombachas, unos cuadro de tejido de varios colores y otras prendas íntimas producto de la flojera del codo que afirmaba la maleta. El tipo que estaba más atrás, con cara de miembro viril, quiso ayudar, pero la vieja lo aparto rápida y con decisión hasta hacerlo ubicar en la posición desde la que había arrancado. Yo no estaba ahí, pero me imagino que con ese hecho que la ridiculizó comenzó su odio al mundo. Es probable que haya comenzado antes, pero en la forma en que relató el hecho más tarde y como la venía conociendo, creo que ese fue el evento que inauguro, para mí, su relación con el mundo. Puedo contar otros eventos, pueden haber ciertos matices pero el relato concluye siempre del mismo modo: el mundo tiene una deuda con ella y ella se lo cobra con su odio.

Siempre andaba perdida, cuando ocurrían las cosas, o ya se había ido o todavía no llegaba; cuando se había muerto alguien, cuando había nacido un nuevo integrante de la familia, siempre se lo perdía. Y se enojaba con todos porque no le habían avisado antes o llegaba enojada a su próximo destino contando que el muerto no había querido morir; que la guagua no quiso nacer y que parece que esa gente no entiende nada de la vida: - mira que morirse después o, mira que nacer luego que yo me haya marchado. De hecho, cuando llegó a Bariloche ya la nieve se había ido, pero todavía no hacía calor. Por la mañana se tenía que abrigar y por la tarde sudaba por el sol que pegaba justo en las piezas que a ella le tocaba hacer.

Cuando llegó el verano lo conoció y no alcanzó a ver la nieve cuando se marchó junto a su pareja a la capital. Ahí se instalaron y vivieron por una par de años hasta que a él lo encontró la muerte, y la frase no es un cliché porque cuando te da un ataque y te mueres es porque la muerte te ha encontrado.


¿Cuándo crees que sea tiempo de morir?
- Para mí, sin lugar a dudas, es cuando deje de importarle a cualquiera, cuando a nadie le importe, pero sobretodo, cuando ya no tenga más que desear porque he alcanzado todo lo que quería.
- Pero, ese sería un momento para disfrutar las cosas conseguidas.
- No, no lo creo, ese es el momento de morir.
- Pero eso puede reflejar problemas de imaginación.
- O, que lo que te imaginas no lo vas a encontrar en esta vida, es decir, no lo vas a encontrar o que por el camino que elegiste, ya no lo encontraste. En todo caso, espero no tener que salir a encontrar a la muerte y sí que ella me encuentre primero a mí, no sin antes yo encontrar a la vida.
- Bueno, y qué pasó después.


Pasó que comenzó a circular por medio continente, total los hijos ya estaban grandes y transformó su vida en un circuito: BS. Aires, Córdoba, Llanquihue, Bariloche, Bs. As, Bariloche, Llanquihue, Córdoba, etc. Ahora, el hecho que marcaba su tránsito era el tejido que llevaba, tejido contumaz en el tiempo y que nunca se mostró como forma. A veces era de color celeste, otras veces de color café claro, pero nunca rojo ni amaranto, menos negro, esos colores eran muy subversivos. Si alguien le preguntaba (creo haberlo hecho alguna vez) ¿qué estaba haciendo? la respuesta típica era: - no sé, ahí veré. En un funeral recuerdo haberle preguntado a cada uno de los asistentes que vestían una chomba, si había sido tejida por ella, todos, sin excepción (pero con cara de sorpresa, ante su incredulidad que esa vieja pudiese regalar algo) me contestaron que no. A pesar que ella se empeñaba en realizar actos solidarios, todos interpretaban sus gestos de cualquier forma menos como regalos.


- Qué gente más mal agradecida.
- ¿Quién?
- Esos, los del supermercado. Cuando uno los trata bien y les pide algo en forma clara, lo interpretan como una agresión y atentado a su dignidad y cuando llega un patrón de fundo y los gritonea y los suben y bajan a chuchadas, ahí ni se quejan.
- Nooo! ¿Y eso pasa en este país? ¿No te lo puedo llegar a creer?


Era la primera vez que quiso cambiar el rumbo, en vez de los destinos presupuestados: Bariloche o Bs. As. Iba a dirigirse a Córdoba pasando por Santiago. Ya estaban hechos todos los preparativos, luego de un tira y afloja: - no que en bus, no que en avión, no que en bus se te hinchan las piernas, no que el avión se puede venir abajo-. Bueno, con las cosas así de claras, el viaje se tuvo que postergar una primera vez por un pequeño dolor que luego, en un par de semanas, debería pasar. Se volvió a postergar y hubo que liberar a la banda musical que se había contratado para ir a recibirla. Luego su mejora duró dos o tres días y quiso partir, pero justo en el momento que iba a comprar los pasajes, tuvo una recaída (literal). Rodó por el suelo y piedrecillas se le incrustaron en las rodillas. Señor pedicuro, cómo podemos resolver esto, fácil dijo él, con un par de pinzas se las sacamos, pero el problema de las rodillas no es nada con lo que veo a través de su rostro ¿han llamado a un médico?. Siempre ha sido difícil que a esta señora la atienda un médico, pero le preguntaremos, por si acaso. Por vez primera accedió de inmediato a la consulta de algún facultativo. El tipo que vino a verla era casi el curandero del pueblo. Tómese estas yerbitas que le van a mejorar, ya va a ver cómo en una semana va a andar cómo nueva dando vueltas por el pueblo. Hay, sí, gracias doctor. Doctor, ¡doctor! No tenía idea. A la semana siguiente estaba peor y la tuvieron que llevar al hospital. La última vez que había entrado ahí fue cuando parió a uno de sus hijos, el varón, por tanto, la cuestión venía en serio. El médico de turno la vio, por arriba, por abajo, por delante, por detrás. Llamó a otro facultativo, hicieron el mismo ritual y juntos enfrentaron a la familia que llevaba tres horas esperando en una sala contigua. En síntesis, el medico dijo: llévensela para la casa, aquí no es mucho lo que podemos hacer. Luego habló de todas las bondades de acompañar en familia a un enfermo terminal y que con morfina las cosas serían más llevaderas.

Todos contentos, como si tuviesen auto nuevo, agarraron a la vieja y la fueron a instalar en su dormitorio, sin saber el tortuoso final que les esperaba. Y al contrario de lo que le ocurrió a su pareja, la muerte no fue en su búsqueda, ella tuvo que salir a encontrarla. Era tanto el empeño que le ponía y tan poco lo que lograba que creo que todos ayudábamos un poco diciendo: ¡putas! que se muera luego para que así alivie el sufrimiento de ella y de nosotros.


Bajo su lecho somier de muerte escondía una caja, al abrirla encontré todos los trazos de lana tejida y sin terminar, neuróticamente apilados uno sobre otro. Algunos los pude reconocer y otros imagino que los habrá tejido en un lugar del circuito en el que no participé, no pude mirar y ahora no puedo inventar: las lágrimas nublan mi imaginación. Ninguna figura ni atuendo se terminó de armar y, quizá, todos juntos, servirían ahora para cubrirla, para tapar su humanidad. Lo único que concluyó en ese momento fue su vida, todo lo demás quedó por hacer, y en la cabeza de su hijo que la acompañaba se completó esa frase que ella nunca quiso pronunciar: te quiero.

viernes, julio 28, 2006

Minuto 13

5 parroquianos

Esto no es ficción

Primer acto

Casi al final del partido de baby-fútbol, en una de las últimas jugadas -una entrada por la banda derecha que claramente terminaría en gol- sucedió un evento con ribetes tragicómicos. Entra el jugador a toda velocidad ocultando el balón del defensa, éste, rezagado, sale a toda carrera sobre el primero y en una maniobra muy poco delicada toca el hombro izquierdo del hacedor de goles. El delantero, al estar girado en un cuarto de su posición respecto del recinto de juego, sale volando y se estrella en el suelo amortiguando al cuerpo con la cabeza; es decir, cayó de cabeza. Resultado del encuentro: 5 goles contra una cabeza partida.

Segundo acto:

En el camarín, las consultas van y vienen:
- ¿Cómo estai? ¿cómo te sentí? ¿te duele la cabeza?, ¿tenis nauseas?
- bien, no bien, no te preocupes. Ahora voy al traumatológico a que me atiendan.
- ¿Te acompaño?
- No, si está aquí a una cuadra.

- Pero ahí no te van a atender.
- ¡Cómo! no me van a atender, si es una urgencia ¿Vos crei que van a ser tan bestias?


Tercer acto:

En la ventanilla de la recepción del traumatológico:

- Señorita, disculpe, pero tengo un problema.
- Si, dígame.
- Resulta que estaba jugando a la pelota y me caí, y me hice un corte en la cabeza, ve.
- ¡Mmmmmm!, veo, pero no lo vamos a poder atenderlo na´.
- ¿Por qué?
- Porque aquí atendemos del cuello para abajo.


Moraleja: La división social del trabajo, de las maneras más increíbles, ¡funciona!

lunes, julio 24, 2006

Circuito de vida (primera parte)

2 parroquianos

Esto es un cuento, es ficción.

Me es casi imposible saber cuando la conocí. Digo casi, porque debe ser que no me quiero acordar del episodio. Da lo mismo; seguramente no fue un encuentro muy grato. Sí me acuerdo de todo lo que vino a continuación, y claro, hubo feeling conmigo más que con cualquier otra persona, probablemente había un parecido natural, de esencia, de origen. Que cómo sé que hubo feeling: fácil, un día ella me habló cariñosamente y me dijo:

- ¡Lo único que te falta cabro de mierda… es que… es que… es que ahora te cagues en la cama! ¿No te parece suficiente el trabajo que le das a tu madre? ¡y encima te meas todas las noches!

Como siempre he sido un tipo obediente, al otro día desperté con la sorpresita reposando, todavía tibia, sobre las sábanas (si alguien desea dejar de leer en este punto, siéntase en completa libertad de hacerlo, sobretodo porque el asunto no mejorará). Esa fue la primera oportunidad en que sentí que iba a morir a causa de otro ser vivo, pero, como siempre ocurre en estas cosas: no pasó nada de eso. Se “cagó” de la risa y de ahí en más todo fue miel sobre hojuelas. Esa fue como la primera expresión de cariño, el primer “te quiero”, de ahí en más las expresiones verbales se transformaron en un estorbo, pasamos directamente al cariño expresado físicamente.

- ¿Te has fijado que el relativismo cultural aplica hasta que te tocan la fibra íntima o, tus intereses?
- O sea, que cuando nos empecemos a cagar de frío por la falta de gas en las casas, los hermanos bolivianos ¿van a dejar de serlo?
- Y lo más probable es que pasen de hermanos a conch… En todo caso no lo digo por mí, no, no, yo soy un tipo tolerante.
- Pero igual te vas a cagar del frío.
- mmmm, claro.

Ella siempre quiso lo mejor para su familia, pero la pobre incomprendida estaba tocada por la ironía de la fortuna, siempre encontró una mala forma para decirlo, comunicarlo o entregar esa ayuda. El cuento es que siempre la mandaban de vuelta con su solidaridad y con una clara recomendación que se la meta por aquella parte. Pobre…, en todo caso, a mí, después de aquel evento, creo que siempre me tocaba su ayuda luego que ya la había ensayado con otro, así es que gustoso la aceptaba. Sin embargo, siempre noté que me la entregaba con cierto desgano, así como si rato antes la hubiesen mandado a la mierda y venía resignada a evacuarla sobre mí.

Así es como esta pobre vieja vivía sus últimos días de vida, sin ella saber que iban a ser sus últimos empeños por ayudar a su prójimo, tenía un ritual, un circuito que duraba exactamente el año calendario. Era una carrera contra el destino, una forma de mantener la meta inalcanzable – claro, porque si das vueltas en un circuito, nunca vas a encontrar la meta – Ella, al igual que todos, partió de Llanquihue, es decir, era Yanqui-huana y, por supuesto, era de las de “este lado del río”, era nuestra. Con el andar fue construyendo su circuito y la mitad de América del Sur la vio permanentemente circular. La primera vez salió en dirección a Bariloche…

jueves, julio 13, 2006

Genealogía de un adulto. (Tercera parte y final).

7 parroquianos



Se va el pecho en cada resuello, la bajada pronunciada del puente parece un resbalín. El trajín de gente es mayor al del otro lado y con mucha mayor diversidad; viejos y jóvenes; altos y bajos; hombres y mujeres; parientes y no tantos; mujeres bellas y otras simpáticas. De todo y todos mirando mi camino. El único bolsillo en el que podía echar el tarro estaba roto, así es que debí acompañar con mi mano al tarro para que no se cayera al pavimento. Ese gesto parecía delatar en los pasos en que andaba y, por lo mismo, las miradas arreciaban al inusual tranco y postura que llevaba. De cualquier forma, esa sensación estaba más en la garganta amarga que se apretaba con los nervios y se soltaba con la salivación ante la inminencia del zarpe al tarro de leche.

El tío “tripa seca” sale justo de la oficina de correo. Lo miro de reojo desde la vereda de enfrente y no alcanza mi sigilo a evitar el encuentro. Con efusividad me saluda y abraza y yo, en una situación bastante incómoda, puedo corresponderle con un solo brazo. ¿Qué te pasó en el brazo mijito? Me dijo. naAAaa, es que lo tengo un poco adolorido. Le contesté. Vamos a la casa para que la Isabel te lo revise. (putas, ¿qué mierda hago?). No se preocupe tío, si fue un golpecito, ya se me va a pasar. Le dije mientras sentía que un calor subía por entremedio de mis ropas hasta mi rostro (y una voz me decía: ¡mentiroso!). Bueno, cualquier cosa me vas a ver. Me dijo. Se despidió y se fue. Yo tuve que salir para el otro lado; desandar lo andado porque el “tripa seca” se fue para el lado al que yo me dirigía. Torné la esquina y miré por el borde de la casa hasta que el viejo desapareció.


- Claro, los dolores del cuerpo te hacen crecer.
- Cierto, pero eso lo pueden saber los médicos... ¿cómo distingues entre un dolor de crecimiento y una enfermedad? Tienes que preguntarle a un médico, pero cuando llegas ya se te pasó; es como cuando escuchas un ruidito en el auto y lo llevas al mecánico para que lo arregle y en el taller el ruidito desaparece. Pero al salir del taller, a una cuadra de distancia, el maldito ruidito vuelve y vuelves al taller y éste vuelve a desaparecer. Es el destino que te está agarrando pa' la palanca (te sube y te baja a su antojo). ¿Me entiendes?
- Claro.


Bajo aquella plataforma queda un espacio desde donde se observa el centro neurálgico del pueblo pero nadie puede, por los arbustos que lo protegen, observar hacia su interior: sitio ideal para el asalto al tarro de leche condensada.


- Te has dado cuenta que cuando estamos a punto de lograr algo, siempre falta algo.
- Sí ¿Pero en qué estás pensando exactamente?
- En que luego de pasarnos a todos los jugadores rivales pegas un tirito que recoge fácilmente el arquero, en que siempre te falta un papel para que te den el certificado, en que siempre el árbitro nos deja en el segundo lugar, en que siempre que vas al supermercado compras cualquier cosa y no lo que pensabas comprar; en que cuando te compraron un monopatín, los demás andaban en bicicleta; cuando te compraron jeans, los otros andaban con cotelé.
- ahhhh, sí.


Con la salivación galopante he instalado bajo la plataforma desde la que, normalmente, hacía sus discursos el alcalde, surge el último problema: ¿cómo abro la lata? Agité el suelo buscando alguna piedrita que pudiese servir de herramienta para hacerle los correspondientes dos hoyitos al tarro (uno para succionar y el otro para que entre el aire y permita circular el maravilloso fluido). ¡Nada! Puras piedras redondas, ni una sola con un filo o canto. Golpeé y golpeé el tarro con un par de piedras. Usé palos: todos se quebraron, incluso lo di contra el canto del cemento de la plataforma. No hubo caso. En la oscuridad del lugar, con el tarro entre las piernas me senté a pensar. Muy bien, me decidí a salir pero antes dejé escondido el tarro entre un par de plantitas. Caminé dos cuadras y en casa de una tía (otra, no a la que siempre le he deseado el mal), saqué un cuchillo con punta. Justo en el momento que lo guardaba en el bolsillo entró mi tía y me pregunta ¿Cómo estás mijito? Bien, bien tía. ¿Qué busca mijito? No nada, nada tía. Y me dejó ir. ¡Uf! Qué suerte. Se imaginan explicar qué andaba haciendo, a mi edad, con un cuchillo con punta; lo mínimo que conseguía era quedar como egoísta por esconder un tarro de leche condensada y, lo más probable, es que perdiera mi botín en beneficio de un küchen o queque. ¡Nica! Volví al escondite, busqué y busqué el tarro. No estaba. Miré hacia afuera a ver si alguien, por su rostro, se delataba. Nada ni nadie dio la más mínima pista. Fuenteovejuna se lo tomó y nadie sabe para quien trabaja.

viernes, julio 07, 2006

Genealogía de un adulto. (Segunda parte).

5 parroquianos

Cada vez que pongo un pie en ese puente se me viene a la cabeza imágenes de seres que podrían causar más de algún perjuicio en mi apreciada estabilidad emocional, tirito y los nefrones hacen su trabajo. Nunca he sabido cómo enfrentar ese temor y lo más probable es que lo resuelva de la peor manera (¿cuál será la mejor?). Pero ¿a qué me enfrento? a compartir un tarro de leche condensada o arriesgarlo todo: dinero y alma, alma y dinero, y conseguirlo del otro lado del río para que sea sólo para mí. A este lado la seguridad es completa, pero el botín compartido y, probablemente, como somos tantos y yo soy el más pequeño, sólo alcance a estimar el aroma del tarro. Al otro lado del río el riesgo es alto, la posibilidad de perder todo el botín es algo que podría ser inminente. Mientras camino pienso que ese es el único puente que está más alto que el resto del camino y en cada uno de sus extremos se forman pequeñas pendientes, más fuerte en el caso de la que está de este lado del río que la del otro lado. En realidad es, creo, el único puente que conozco. El otro puente sobre este río está varios kilómetros río abajo y no lo he cruzado. Lo primero que a uno lo recibe habiendo bajado la suave pendiente en que remata el puente del otro lado del río, es el cementerio. Cementerio que alberga bajo tierra a la mayoría de los parientes de nuestra familia, pero ¿por qué está del otro lado del río si son nuestros deudos?

Frente al cementerio pasa a mi lado un tipo con una mujer; miden unos 2 metros de altura. Ella lleva la cara cubierta por la cabellera. Él me mira y uno de sus ojos está medio cerrado. Afirmando su mano con su dedo pulgar en el bolsillo del pantalón sujeta entre el índice y el anular un cigarrillo. Con el otro brazo sujeta a la mujer por la cintura y se bambolean en la vereda de un lado a otro, tanto que tengo que bajar a la calle al pasar al lado de ellos. Al cruzar nuestros caminos y dejarlos atrás me doy vuelta para asegurarme que hayan seguido por su camino y ella a su vez se da vuelta a mirarme dejando ver entre su cabellera uno de sus negros ojos. El emporio está a dos cuadras ascendiendo por una suave pendiente. Desde allí descienden una serie de sujetos, cada uno mide como 2,1 metros de altura, todos enfrentándome por la vereda poniente de esa avenida. Ya estoy aquí, falta muy poco, es tan sólo una transacción y nos devolvemos. Entré al negocio, pedí la mercancía, el sujeto me miró con una cara de complicidad que me hizo ruborizar y sentirme culpable de lo que estaba haciendo en otras tierras. Cogí el tarro y tiempo después, cuando supe más de dinero, me di cuenta que había pagado el doble por un tarro, o que podría haber comprado dos, o que me retiré tan rápido y antes que me pudiesen dar el vuelto.

Casi como un efecto de rebote los sujetos que antes iban, ahora venían; es decir, nuevamente su rumbo era contrario al mío. Sin embargo, ahora eran todos un poco más pequeños, pero yo seguía siendo mucho más pequeño que ellos. Al pasar al lado uno de ellos levantó rápidamente uno de sus brazos y, con la misma velocidad, sentí que lo iba a dejar caer sobre mi rostro. Sudé helado. Pero el gesto era para espantar un mosquito que le jodía la visión del camino.

Comencé a correr en dirección al puente y al llegar al extremo correspondiente a “los de este lado del río”...

miércoles, junio 28, 2006

Genealogía de un adulto. (Primera parte).

1 parroquianos


Leche condensada, ese era el objetivo... (leche condensada). (Condensación de muchas carencias y de las caries que me sacaron un boleto al otorrino que no me ha podido curar la sinusitis). Todo mal.

En este lado del río había un almacén que tentaba todos los días con una pila de tarros de leche condensada, y yo sin poder alcanzar ninguno. A veces llevaba uno en mis manos, pero era para algún producto de repostería. A veces era para el café o para el té; a veces para compartir con todo un familión de tíos, primos cercanos y lejanos. A veces quedaba durante largo tiempo en el olvido de alguna estantería (no de mi olvido, por cierto). Esta suma de “a veces” se transformó durante mucho tiempo en un “siempre”, por un lado y un nunca para mí solo, por otro. Hasta que un día lo logré. Con el ánimo de asesinarla, llegué hasta donde una tía; poniendo cara de ternura logré sacar de ella unos cuantos y suficientes morlacos para la compra de mi vida, aunque ella no sabía el destino final del dinero. Ese intercambio (cara tierna por plata) le salvó de morir simbólicamente.

¿Dónde comprarla? Gran segundo escollo. Todos en este lado del río eran mis parientes y ante cualquier amague de compra, medio pueblo (los de este lado del río) se enteraría de la adquisición y lo que quería fuese sólo para mí, sería un producto partido quizás porque fracción. - Nica. Me dije. - A cruzar el río. Aseguré. Junté fuerzas y valor y me dirigí hacia el puente para conseguir mi botín. De pronto comencé a sentir un pequeño calor entre las piernas. ¡Orines!... ya casi me meaba. Entre el frío y el miedo los nefrones hicieron su trabajo y tuve que volver a casa a resolver el pequeño inconveniente...