jueves, julio 13, 2006

Genealogía de un adulto. (Tercera parte y final).



Se va el pecho en cada resuello, la bajada pronunciada del puente parece un resbalín. El trajín de gente es mayor al del otro lado y con mucha mayor diversidad; viejos y jóvenes; altos y bajos; hombres y mujeres; parientes y no tantos; mujeres bellas y otras simpáticas. De todo y todos mirando mi camino. El único bolsillo en el que podía echar el tarro estaba roto, así es que debí acompañar con mi mano al tarro para que no se cayera al pavimento. Ese gesto parecía delatar en los pasos en que andaba y, por lo mismo, las miradas arreciaban al inusual tranco y postura que llevaba. De cualquier forma, esa sensación estaba más en la garganta amarga que se apretaba con los nervios y se soltaba con la salivación ante la inminencia del zarpe al tarro de leche.

El tío “tripa seca” sale justo de la oficina de correo. Lo miro de reojo desde la vereda de enfrente y no alcanza mi sigilo a evitar el encuentro. Con efusividad me saluda y abraza y yo, en una situación bastante incómoda, puedo corresponderle con un solo brazo. ¿Qué te pasó en el brazo mijito? Me dijo. naAAaa, es que lo tengo un poco adolorido. Le contesté. Vamos a la casa para que la Isabel te lo revise. (putas, ¿qué mierda hago?). No se preocupe tío, si fue un golpecito, ya se me va a pasar. Le dije mientras sentía que un calor subía por entremedio de mis ropas hasta mi rostro (y una voz me decía: ¡mentiroso!). Bueno, cualquier cosa me vas a ver. Me dijo. Se despidió y se fue. Yo tuve que salir para el otro lado; desandar lo andado porque el “tripa seca” se fue para el lado al que yo me dirigía. Torné la esquina y miré por el borde de la casa hasta que el viejo desapareció.


- Claro, los dolores del cuerpo te hacen crecer.
- Cierto, pero eso lo pueden saber los médicos... ¿cómo distingues entre un dolor de crecimiento y una enfermedad? Tienes que preguntarle a un médico, pero cuando llegas ya se te pasó; es como cuando escuchas un ruidito en el auto y lo llevas al mecánico para que lo arregle y en el taller el ruidito desaparece. Pero al salir del taller, a una cuadra de distancia, el maldito ruidito vuelve y vuelves al taller y éste vuelve a desaparecer. Es el destino que te está agarrando pa' la palanca (te sube y te baja a su antojo). ¿Me entiendes?
- Claro.


Bajo aquella plataforma queda un espacio desde donde se observa el centro neurálgico del pueblo pero nadie puede, por los arbustos que lo protegen, observar hacia su interior: sitio ideal para el asalto al tarro de leche condensada.


- Te has dado cuenta que cuando estamos a punto de lograr algo, siempre falta algo.
- Sí ¿Pero en qué estás pensando exactamente?
- En que luego de pasarnos a todos los jugadores rivales pegas un tirito que recoge fácilmente el arquero, en que siempre te falta un papel para que te den el certificado, en que siempre el árbitro nos deja en el segundo lugar, en que siempre que vas al supermercado compras cualquier cosa y no lo que pensabas comprar; en que cuando te compraron un monopatín, los demás andaban en bicicleta; cuando te compraron jeans, los otros andaban con cotelé.
- ahhhh, sí.


Con la salivación galopante he instalado bajo la plataforma desde la que, normalmente, hacía sus discursos el alcalde, surge el último problema: ¿cómo abro la lata? Agité el suelo buscando alguna piedrita que pudiese servir de herramienta para hacerle los correspondientes dos hoyitos al tarro (uno para succionar y el otro para que entre el aire y permita circular el maravilloso fluido). ¡Nada! Puras piedras redondas, ni una sola con un filo o canto. Golpeé y golpeé el tarro con un par de piedras. Usé palos: todos se quebraron, incluso lo di contra el canto del cemento de la plataforma. No hubo caso. En la oscuridad del lugar, con el tarro entre las piernas me senté a pensar. Muy bien, me decidí a salir pero antes dejé escondido el tarro entre un par de plantitas. Caminé dos cuadras y en casa de una tía (otra, no a la que siempre le he deseado el mal), saqué un cuchillo con punta. Justo en el momento que lo guardaba en el bolsillo entró mi tía y me pregunta ¿Cómo estás mijito? Bien, bien tía. ¿Qué busca mijito? No nada, nada tía. Y me dejó ir. ¡Uf! Qué suerte. Se imaginan explicar qué andaba haciendo, a mi edad, con un cuchillo con punta; lo mínimo que conseguía era quedar como egoísta por esconder un tarro de leche condensada y, lo más probable, es que perdiera mi botín en beneficio de un küchen o queque. ¡Nica! Volví al escondite, busqué y busqué el tarro. No estaba. Miré hacia afuera a ver si alguien, por su rostro, se delataba. Nada ni nadie dio la más mínima pista. Fuenteovejuna se lo tomó y nadie sabe para quien trabaja.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Una boleta de almacén... del 76...¿Quién guarda una boleta?
¡Qué cantidad de recuerdos!

Una época difícil para el país, triste...A cuántos vimos irse y nunca volver..
Se puede apreciar, contradictoriamente a lo que el período en sí me produce, las diferencias con la época actual, la confianza que reinaba.Independiente a que haya ocurrido en el Sur, de este o del otro lado del río.
¿Te imaginas a tu hijo haciendo ese recorrido en la actualidad?
No te quedarían uñas en las manos(), pensando que atrocidades podrían ocurrirle.

Un bonito paseo a la infancia, a tiempos dolorosos y contradictoriamente tranquilos, a lugares quietos, a aventuras desafiantes, a objetos de deseo alcanzables.
Muy bello.

Anónimo dijo...

Mmmmmm? alcanzables... En todo caso el niño se quedó sin su tarro.
Respecto de Olvido II, es muy largo, no cumple con las bases.

Anónimo dijo...

No pudo comer su contenido, pero disfrutó el tenerlo.

Ahh, entonces olvide a Olvido II, en todo caso era una entretenida crónica urbana..

Anónimo dijo...

Por que perder algo cuando niños nos hace mejores perdedores cuando mayor,¿porque rememoramos con dulzura y franca naturalidad la pérdida no solo de los objetos deseados,si somos pequeños y menos sabios?...que hace que tambien perdamos esa capacidad cuando adultos,no será que nacemos naturalmente sabios....

Sabes Moebius,creo que por ahi te dije que un clavo abria el tarro y la piedra era el segundo instrumento para abrirlo y obtener el dulce de leche que contenia...

Anónimo dijo...

Nadie guarda una boleta tanto tiempo...es más fácil trucarla ¿o no Moebius? Igual, tu cuento es bello.

Anónimo dijo...

¡ohhh! me han descubierto. Sí, es una boleta del 13 de julio de 2006 y está trucada. De todas maneras, Sra. Funcionaria, es importante la magia ¿o no?

Anónimo dijo...

Un nuevo recurso de apoyo a lo literario y/o la confirmación de lo que planteó en un post de hace un tiempo???? Declaración de principios

"Como nada memorable me había sucedido en la vida, yo antes era un hombre sin apenas biografía. Hasta que opté por inventarme una. Me refugié en el universo de varios escritores y forjé, con recuerdos de personas que veía relacionadas con sus libros o imaginaciones, una memoria personal y una nueva identidad. Consideré como propios los recuerdos de otros, y así es como hoy en día puedo presumir de haber tenido vida. Después de todo, ¿no es lo que hace todo el mundo? Mi vida no es más que una biografía como la de todos, construida a base de recuerdos inventados.[1]

[1] Vila – Matas, Enrique: “Recuerdos inventados