martes, enero 02, 2007

Leche Condensada (segundo lugar)



Este cuento alcanzó el segundo lugar en un concurso literario del Ministerio de Educación.

Leche condensada, ese era el objetivo... (leche condensada). (Condensación de muchas carencias y de las caries que me sacaron un boleto al otorrinolaringólogo quien no ha podido curarme la sinusitis). Todo mal.

En este lado del río había un almacén que me tentaba todos los días con una pila de tarros de leche condensada, y yo sin poder alcanzar ninguno. A veces llevaba uno en mis manos, pero era para algún producto de repostería. A veces era para el café o para el té; a veces para compartir con todo un familión de tíos, primos cercanos y lejanos. A veces quedaba durante largo tiempo en el olvido de alguna estantería (no de mi olvido, por cierto). Esta suma de “a veces” se transformó durante mucho tiempo en un “siempre”, por un lado y un nunca para mí solo, por otro. Hasta que un día lo logré. Con el ánimo de asesinarla, llegué hasta donde una tía; poniendo cara de ternura logré sacar de ella unos cuantos y suficientes morlacos para la compra de mi vida, aunque ella no sabía el destino final del dinero. Ese intercambio (cara tierna por plata) le salvó de morir simbólicamente.

¿Dónde comprarla? Gran segundo escollo. Todos en este lado del río eran mis parientes y, ante cualquier amague de compra, medio pueblo (los de este lado del río) se enteraría de la adquisición y lo que quería fuese sólo para mí, sería un producto partido quizás en cuántas fracciones: ¡Nica!. Me dije. - A cruzar el río- aseguré. Junté fuerzas y valor y me dirigí hacia el puente para conseguir mi botín. De pronto comencé a sentir un pequeño calor entre las piernas. ¡Orines!... ya casi me meaba. Entre el frío y el miedo los nefrones hicieron su trabajo y tuve que volver a casa a resolver el pequeño inconveniente...

Cada vez que pongo un pie en ese puente se me vienen a la cabeza imágenes de seres que podrían causar más de algún perjuicio en mi apreciada estabilidad emocional, tirito y los nefrones hacen su trabajo. Nunca he sabido cómo enfrentar ese temor y lo más probable es que lo resuelva de la peor manera (¿cuál será la mejor?). Pero ¿a qué me enfrento? a compartir un tarro de leche condensada o arriesgarlo todo: dinero y alma, alma y dinero, y conseguirlo del otro lado del río para que sea sólo para mí. A este lado la seguridad es completa, pero el botín compartido y, probablemente, como somos tantos y yo soy el más pequeño, sólo alcance a estimar el aroma del tarro. Al otro lado del río el riesgo es alto, la posibilidad de perder todo el botín es algo que podría ser inminente. Mientras camino pienso que ese es el único puente que está más alto que el resto del camino y en cada uno de sus extremos se forman pequeñas pendientes, más fuerte en el caso de la que está de este lado del río que la del otro lado. En realidad es, creo, el único puente que conozco. El otro puente sobre este río está varios kilómetros abajo y no lo he cruzado. Lo primero que a uno lo recibe habiendo bajado la suave pendiente en que remata el puente del otro lado del río, es el cementerio. Cementerio que alberga bajo tierra a la mayoría de los parientes de nuestra familia, pero ¿por qué está del otro lado del río si son nuestros deudos?

Frente al cementerio pasa a mi lado un tipo con una mujer; miden unos 2 metros de altura. Ella lleva la cara cubierta por la cabellera. Él me mira y uno de sus ojos está medio cerrado. Afirmando su mano con el dedo pulgar en un bolsillo del pantalón sujeta entre el índice y el anular un cigarrillo. Con el otro brazo sujeta a la mujer por la cintura y se bambolean en la vereda de un lado a otro. Tanto, que tengo que bajar a la calle para pasar al lado de ellos. Al cruzar nuestros caminos y dejarlos atrás me doy vuelta para asegurarme que hayan seguido otro rumbo y ella, a su vez, se da vuelta a mirarme dejando ver entre su cabellera uno de sus negros ojos. El emporio está a dos cuadras ascendiendo por una suave pendiente. Desde allí desciende una serie de sujetos, cada uno mide como 2,1 metros de altura, todos enfrentándome por la vereda poniente de esa avenida. Ya estoy aquí, falta muy poco, es tan sólo una transacción y nos devolvemos. Entré al negocio, pedí la mercancía, el sujeto me miró con una cara de complicidad que me hizo ruborizar y sentirme culpable de lo que estaba haciendo en otras tierras. Cogí el tarro y tiempo después, cuando supe más de dinero, me di cuenta que había pagado el doble por un tarro, o que podría haber comprado dos, o que me retiré tan rápido y antes que me pudiesen dar el vuelto.

Casi como un efecto de rebote los sujetos que antes iban, ahora venían; es decir, nuevamente su rumbo era contrario al mío. Sin embargo, ahora eran todos un poco más pequeños, pero yo seguía siendo mucho más pequeño que ellos. Al pasarme uno de ellos levantó rápidamente un brazo y, con la misma velocidad, sentí que lo iba a dejar caer sobre mi rostro. Sudé helado. Pero el gesto era para espantar un mosquito que le jodía la visión del camino.

Comencé a correr en dirección al puente y al llegar al extremo correspondiente a “los de este lado del río”...

Se va el pecho en cada resuello, la bajada pronunciada del puente parece un resbalín. El trajín de gente es mayor al del otro lado y con mucha mayor diversidad; viejos y jóvenes, altos y bajos, hombres y mujeres, parientes y no tantos, mujeres bellas y otras simpáticas. De todo. Y todos mirando mi camino. El único bolsillo en el que podía echar el tarro estaba roto, así es que debí acompañar con mi mano al tarro para que no se cayera al pavimento. Ese gesto parecía delatar en los pasos en que andaba y, por lo mismo, las miradas arreciaban al inusual tranco y postura que llevaba. De cualquier forma, esa sensación estaba más en la garganta amarga que se apretaba con los nervios y se soltaba con la salivación ante la inminencia del zarpe al tarro de leche.

El tío “tripa seca” sale justo de la oficina de correo. Lo miro de reojo desde la vereda de enfrente y no alcanza mi sigilo a evitar el encuentro. Con efusividad me saluda y abraza y yo, en una situación bastante incómoda, puedo corresponderle con un solo brazo. ¿Qué te pasó en el brazo mijito? Me dijo. NaAAaa, es que lo tengo un poco adolorido. Le contesté. Vamos a la casa para que la Isabel te lo revise. (putas, ¿qué mierda hago?). No se preocupe tío, si fue un golpecito, ya se me va a pasar. Le dije mientras sentía que un calor me subía por entremedio de la ropa hasta mi rostro (y una voz me decía: ¡mentiroso!). Bueno, cualquier cosa me vas a ver. Me dijo. Se despidió y se fue. Yo tuve que salir para el otro lado; desandar lo andado porque el “tripa seca” se fue para donde yo me dirigía. Torné la esquina y miré por el borde de la casa hasta que el viejo desapareció.



- Claro, los dolores del cuerpo te hacen crecer.
- Cierto, pero eso lo pueden saber los médicos... ¿cómo distingues entre un dolor de crecimiento y una enfermedad? Tienes que preguntarle a un médico, pero cuando llegas ya se te pasó; es como cuando escuchas un ruidito en el auto y lo llevas al mecánico para que lo arregle y en el taller el ruidito desaparece. Pero al salir del taller, a una cuadra de distancia, el maldito vuelve y vuelves al taller y éste vuelve a desaparecer. Es el destino que te está agarrando pa' la palanca (te sube y te baja a su antojo). ¿Me entiendes?
- Claro.


Bajo aquella plataforma queda un espacio desde donde se observa el centro neurálgico del pueblo pero nadie puede, por los arbustos que lo protegen, observar hacia su interior: sitio ideal para el asalto al tarro de leche condensada.



- Te has dado cuenta que cuando estamos a punto de lograr algo, siempre falta algo.
- Sí ¿Pero en qué estás pensando exactamente?
- En que luego de pasarnos a todos los jugadores rivales pegas un tirito que recoge fácilmente el arquero; en que siempre te falta un papel para que te den el certificado; en que siempre el árbitro nos deja en el segundo lugar; en que siempre que vas al supermercado, compras cualquier cosa, y no lo que pensabas comprar; en que cuando te compraron un monopatín, los demás andaban en bicicleta; cuando te compraron jeans, los otros andaban con cotelé.
- Ahhhh, sí.



Con la salivación galopante e instalado bajo la plataforma desde la que, normalmente, hacía sus discursos el alcalde, surge el último problema: ¿cómo abro la lata? Agité el suelo buscando alguna piedrita que pudiese servir de herramienta para hacerle al tarro los correspondientes dos hoyitos (uno para succionar y el otro para que entre el aire y permita circular el maravilloso fluido). ¡Nada! Puras piedras redondas, ni una sola con un filo o canto. Golpeé y golpeé el tarro con un par de piedras. Usé palos: todos se quebraron, incluso le di contra el canto del cemento de la plataforma. No hubo caso. En la oscuridad del lugar, con el tarro entre las piernas me senté a pensar. Muy bien, me decidí a salir pero antes dejé escondido el tarro entre un par de plantitas. Caminé dos cuadras y en casa de una tía (otra, no a la que siempre le he deseado el mal), saqué un cuchillo con punta. Justo en el momento que lo guardaba en el bolsillo entró mi tía y me pregunta ¿Cómo estás mijito? Bien, bien tía. ¿Qué busca mijito? No nada, nada tía. Y me dejó ir. ¡Uf! Qué suerte. Se imaginan explicar qué andaba haciendo, a mi edad, con un cuchillo con punta; lo mínimo que conseguía era quedar como egoísta por esconder un tarro de leche condensada y, lo más probable, es que perdiera mi botín en beneficio de un küchen o queque. ¡Nica! Volví al escondite, busqué y busqué el tarro. No estaba. Miré hacia afuera a ver si alguien, por su rostro, se delataba. Nada ni nadie dio la más mínima pista. Fuenteovejuna se lo tomó y nadie sabe para quien trabaja.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Mis mas sinceras ¡¡¡¡Felicitaciones!!!
Es grandioso sentirse en la Luna.
Se lo merece, porque ud. escribe muy buenos cuentos y ese es uno de ellos....
Es un muy buen inicio de año o término de otro...

Sáqueme de una duda ¿Fuenteovejuna es el nombre de algún goloso perro de la infancia?

Anónimo dijo...

Muchas gracias.

La respuesta a su pregunta es que Fuenteovejuna es una obra teatral de Lope de Vega. Lo que se señala en este cuento tiene que ver con lo que sucede en ese otro cuento y sobre ellos puede profundizar más en si presiona AQUÍ

Anónimo dijo...

No hay de que.
Creo que plantee mal mi pregunta.
Sé que Fuente Ovejuna es un obra de Lope de Vega...
Lo que estaba hurgando en el autor, es que si además de la intertextualidad aplicada ad hoc en el texto, había una coincidencia real de la infancia que motivara el sello dado al término de éste. A eso me refería, sorry..
En todo caso, reitero nuevamente mis alegres y sinceras felicitaciones...

Nadiezhda dijo...

Me encantó el cuento, me gusta el relato simple, lleno de gracia. me gustan las imágenes que me trae.

Pero no me sirve de pista, será que ando con mi cabecita en otra?
Tampoco deduzco nada de la otra pista. Y ya me bajó la desesperación por saber quién eres, prometo no contarle a nadie.
nadiaolivap@gmail.com
Por fis, si fuera gato estaría muerta.
saludos

Nadiezhda dijo...

No quiero andar de Sherlock Holmes...please