sábado, mayo 20, 2006

Llanquihue

Santiago no es el único punto de capitón

Llanquihue: Ciudad de yanquis-huanos.

Este pueblo tiene dos características muy distintivas. Uno, un río que parte la ciudad por la mitad, como una herida, como un muro; a un lado se puede encontrar a “los de este lado del río” y, del otro lado, a “los que están al otro lado del río”. Por supuesto que yo siempre estuve de los de este lado. Raras veces se juntan “los de este lado” con “los que están al otro lado del río”. Sin embargo, no por el hecho que “los de este lado del río” y “los que están al otro lado del río” no se juntarán no significaba que no se traspasara el río; a veces se iba al otro lado, sobre todo cuando había que salir del pueblo hacia el sur… en realidad, cuando había que salir hacia el norte también porque mucho tiempo la salida norte estuvo cerrada (ahora me vengo a dar cuento que “los de este lado del río” estábamos encerrados; si a “los del otro lado del río” se les hubiese ocurrido sitiarnos, no hubiesen tenido ninguna dificultad, ¡fffffffiiiiuuuu! Menos mal que nunca entramos en guerra). Ahora, por el río, llamado Maullín, dicen que pasan truchas… dicen, porque yo nunca pesqué ninguna.

La otra característica es la cantidad de borrachos. Para cualquier extranjero de esas tierras, la cantidad siempre era exorbitante. Incluso en una oportunidad, a cinco días de navidad, se acabaron las cervezas; hubo que aprovisionarse con el stock del pueblo vecino (Puerto Varas), pueblo pacato. Pero para los citadinos, la cantidad de borrachos siempre era la adecuada e incluso, a veces, faltaban. Puedo dar fe que todos los borrachos, sin excepción, eran simpáticos; el peor destrozo (si es que se le puede llamar así) que les vi hacer fue mearle la rueda del auto a algún yanqui – huano del otro lado del río ¡pero nada más! Imagínense que la abuela de 114 años, hasta sus últimos días, empinaba el codo con cañas de vino tinto mmmmmhh… y blanco también, ella descubrió hace muchos años el tema de los antioxidantes. Hay una historia simpática con la vieja querida: todos sus órganos funcionaban perfectamente, su vista era como la de cualquier mamífero a esa edad, pero tenía un problema: no podía ver por uno de los ojos. Claro, no podía ver pero no por problemas a los ojos, sino por uno de los parpados. Literalmente tenía que ponerse un palo de fósforo para sujetar el párpado que tenía el músculo vencido.

Bonus track: otra característica es la cantidad de mentirosos y, para variar, las mentiras giraban en torno al río. Puedo hablar de los mentirosos de “los de este lado del río” porque de “los del otro lado del río” nunca tuve idea, es más, primaba la indiferencia; tan heladas eran las relaciones con “los del otro lado del río” que varias veces el río se congeló. Una vez hubo que amarrarle las manos a un mentiroso que contaba y hacía gestos de que había pescado en el río una trucha gigante y que pesaba 45 kg.; igual se las arregló para mentir porque dijo que la trucha tenía los ojos como la esfera que forman ambas manos juntas. Otro mentiroso dijo una vez que el hombre más grande del mundo media 3.15 mt. de altura ¡Imagínense!

Efectivamente, tanta cerveza, tanto borracho y tanto mentiroso, ahora me explico porqué no habían peces en el río.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Mmmmhhh, lo de la abuelita explica el gusto por los antioxidantes en las compras del mes..Claro que con lo longeva realmente les son necesarios...
Me enredé con lo del mentiroso ¿Era de este o del otro lado del río? Disculpe la poca comprensión pero ha sido un día cansador...

Anónimo dijo...

Los del rio eran los españoles que cantaban "la macarena"... Interesante acotación "musical".

Anónimo dijo...

Sucioloco, y ¿Cuándo va a renovar su boliche?

Alein@d: A los que conocía el narrador del cuento era sólo a los que estaban de "este lado del río"