Millones
Comentario de Cine en tu lengua
La hilaridad de la película no impide el tratamiento más profundo de un par de temas; es un juego entre la irresponsabilidad adulta, el ambicionar de los niños de los que no se espera que ambicionen más que buenos e inocentes deseos y de las psicosis que suelen habitar en la cabeza de los imberbes. De esos niños que alguna vez fuimos y que, siendo niños, pensamos que podíamos resolver el problema de la pobreza del mundo con echar a andar la maquinita de hacer plata o, con ir al baño y salir con un fajo de billetes verdes (y pensar que por más empeño que le ponía siempre salía caca y nunca billetes); creo que Freud tiene razón cuando relaciona el “hacer” con hacer dinero, aunque hasta ahora no he visto ni un duro.

Pero, dejando las derivadas para otro día, la película contiene el sueño infantil de creer que con dinero, más bien con billetes (no es casualidad hacer la distinción: papel), se puede ayudar al próximo, resolver los problemas de escasez de agua y cubrir las necesidades de (¿todos?) los demás, creencia que lleva a uno, siendo niño, a decirse: pero si es tan fácil resolverlo, cómo los adultos no lo han hecho (y pensar que yo creía eso). En la película, un niño se encuentra con los recursos para ayudar a su prójimo y la travesía que emprende no esta exenta de dificultades. Se da cuenta que en este mundo a medio hacer, incorporar variables (dinero) para ordenarlo, termina, en definitiva, creando otro desorden; los pobres siguen siendo pobres (y los ricos siendo ricos) y, sin embargo, el niño se ha vuelto más adulto. Al final, el tema no es el dinero (bueno, también), sino la circulación de otras cosas.
Y otro elemento que encontré genial: la intervención divina, sí, se aparecen santos que no ayuda a hacer las cosas más fáciles, son dioses borgeanos que dejan las cosas a medio hacer y dan consejos que al protagonista lo dejan, también, a medio camino de lograr cualquier cosa: ¡qué ni un dios puede completar nada!. Sólo resta por decir que los dioses son más humanos (incompletos) que los humanos.

Pero, dejando las derivadas para otro día, la película contiene el sueño infantil de creer que con dinero, más bien con billetes (no es casualidad hacer la distinción: papel), se puede ayudar al próximo, resolver los problemas de escasez de agua y cubrir las necesidades de (¿todos?) los demás, creencia que lleva a uno, siendo niño, a decirse: pero si es tan fácil resolverlo, cómo los adultos no lo han hecho (y pensar que yo creía eso). En la película, un niño se encuentra con los recursos para ayudar a su prójimo y la travesía que emprende no esta exenta de dificultades. Se da cuenta que en este mundo a medio hacer, incorporar variables (dinero) para ordenarlo, termina, en definitiva, creando otro desorden; los pobres siguen siendo pobres (y los ricos siendo ricos) y, sin embargo, el niño se ha vuelto más adulto. Al final, el tema no es el dinero (bueno, también), sino la circulación de otras cosas.
Y otro elemento que encontré genial: la intervención divina, sí, se aparecen santos que no ayuda a hacer las cosas más fáciles, son dioses borgeanos que dejan las cosas a medio hacer y dan consejos que al protagonista lo dejan, también, a medio camino de lograr cualquier cosa: ¡qué ni un dios puede completar nada!. Sólo resta por decir que los dioses son más humanos (incompletos) que los humanos.

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