La muerte del deseo
Desde que he nacido he tenido algunas carencias que movilizan mi deseo; hambre, sed, sueño, abrigo. Todas esas necesidades han sido cubiertas adecuadamente por mi progenitor, mi madre y mi padre. Ahora, sin embargo comienzan a aparecer algunas cosas un poco más complejas, por ejemplo: una bicicleta me vendría bien para desarrollar la motricidad gruesa, o lápices de colores para dibujar paisajes en dos dimensiones. Casi no recuerdo si me gustaba o no ir al colegio, creo que si, especialmente cuando regresaba de las vacaciones y ante la expectativa de tener nuevos compañero o compañeras y, sobretodo, porque un año más en el colegio significaba que era más grande.
Recuerdo, que hace muchos años podía mirar por la ventana, ver caer la lluvia reconfortado por el calor producido por una estufa a leña – de esas que tienen en el sur – con la tranquilidad que produce tener la certeza que otro se encarga de las cosas que para mí, en aquel momento, no tienen importancia porque no existen en el pequeño espectro de mis preocupaciones. Voy de la casa al colegio y viceversa. Mi mayor preocupación es lograr recuperar las tres bolitas que perdí ayer jugando con David, un amigo de la cuadra. Por otra parte, sueño con el día en que podré salir de casa y recorrer varias cuadras distantes de mi hogar, creo que un día podré ir donde ahora van otros que tienen algunos años más que yo. Me parece que el mundo es enorme, ajeno, extraño y, sobre todo, plano. Probablemente fuera de la ciudad donde vivo exista una caída libre (al espacio infinito) porque es donde creo que podría terminar el mundo. Es un mundo simple, finito en un espacio también simple pero infinito, pero sin angustia ni ansiedad. Lo que conozco y lo que me espera por conocer es suficiente, por el momento. Hay muchas cosas que son inciertas.
La vida sigue siendo infinita, no hay nadie (al menos que yo sepa) que le haya puesto término o haya cristalizado ese hecho con la ocurrencia de mostrar la muerte a cara descubierta. Por decirlo de alguna forma, nací para quedarme en este mundo, no creo que alguna vez me vaya, es más, estoy seguro que aquí voy a estar siempre.
Sin llegar a esa edad donde el cuerpo comienza a alborotarse, donde ya no da lo mismo el genero de mis congéneres, comienzo a viajar solo, no muy lejos eso si, a una ciudad cercana. Aunque muchas veces acompañado haya pasado frente al cementerio, ahora comienzan a surgir algunas preguntas que duran lo que demora en transitar el microbús por aquel lugar, no hay mayor inquietud, pero algo podría ocurrir y el paso del tiempo así lo confirmaría. Sin embargo, sería de un modo distinto al que ronda en mi cabeza, las criptas se transformarían en parques donde, nuevamente, y, a no ser por el deceso y la cercanía de quién decidió dejar este mundo, el estar o no en él no sería una cuestión de preocupación.
El mundo se agranda y achica al mismo tiempo. Se agranda porque conozco su extensión por referencia, va más allá y es redondo, se achica porque puedo recorrerlo. Aunque cuando pequeño estuve en una ciudad del extranjero, es ahora cuando dimensiono la distancia a la que está aquel lugar y que cuando por primera vez conocí recuerdo, me entretuve con un avión de papel, amarrado a un hilo que volaba producto del viento que lo arrastraba al movimiento del citroën en que viajamos durante 24 a 30 horas. Ahora entiendo que hacía que me guardara bajo la mesa, mientras los adultos conversaban y para que no me mandaran a acostar. Comprendo que se trataba de la diferencia, de lo extraño y atractivo en la entonación de la voz de una de las personas que se encontraba en la tertulia que ocurría sobre la mesa. Entiendo que cada vez soy más yo, distinto de mi madre, en un cuerpo que crece y crece, sin regla ni proporción. Creo que la vida no sólo es infinita… el mundo, la vida son posibilidades abiertas. Hay muchas cosas que faltan por conocer.
Lo efímero de algunas amistades de niño se transforman en fuertes lazos de compañerismo que, es probable, nunca vuelvan a desarrollarse del mismo modo ni con la misma intensidad. Quiero cosas que nos hacen únicos y distintos de nuestros protectores. Nuestros gustos musicales son monotemáticos y ruidosos y, lo más importante, distintos. Los atuendos son igualmente, puedo decir ahora, estrafalarios. Creo que es probable que siempre usaré el mismo tipo de ropa y escucharé las mismas melodías (si a eso se le puede llamar melodía) y me río de los gustos de los niños y no entiendo como los adultos no entienden lo que los de mi edad escuchamos y disfrutamos.
Una abrupta congelación del tiempo, enredo del reloj, inicialmente todo se derrumba de golpe, un grito seco que reemplaza la plegaría mas urgida se hace presente, ante tanta realidad y nulo efecto del grito, sobreviene una quietud que, por primera vez, todo lo mata, de una vez y para siempre. No, no es posible recomponerlo como el autito al que se le salió la rueda, no es posible curarlo como la costra que repara el tejido herido por una caída en el cemento de la cuadra… todo se aquieta. Ahora si comienzo a conocer el vacío, aunque siempre estuvo presente, ahora se hace presente de forma atroz, torpe y sin ninguna filigrana que pueda atenuar la palmaria falta. La melancolía se entremezcla con el duelo; duelo por el objeto de mi amor, melancolía por una parte de mí ser. ¿Cómo el mundo pudo haber desaparecido tan de repente? ¿Cómo rearmamos esto?, ¿con qué se pega?... que preguntas más absurdas. Tanto que quería ser más yo y de pronto no puedo ser sino exclusivamente. Así de simple, lanzado al mundo, -arréglatelas como puedas. De pronto, todo se vuelve incierto, incluso o sobretodo el futuro.
Consecuentemente, el lugar olvidado o, más bien, ignorado durante mucho tiempo aparecerá para dar su primera indicación de que este asunto de la vida tiene sus reglas, una de ellas: la muerte.
Mundo hermoso del que quedan sólo los recuerdos estampados en la nostalgia y colgados de una viga de la casa que habité durante mis años más inocentes. Cuerda que atrapa y corta la respiración, permanecerá queriendo matar lo más importante y que sostiene al ser humano: el deseo. Finalmente, cederá a la voluntad de seguir de cualquier forma en el mundo.
¿Cómo se recompone el deseo?, eso es algo de lo que otros pueden dar mejores explicaciones. Yo, simplemente puedo señalar que: a fuerza del devenir, las cosas se fueron reinventando.
El sistema inmune del cuerpo tiene la misión de proteger al organismo del ataque de otros organismos. Este sistema tendrá mayores facultades en la medida que se haya expuesto a una mayor cantidad de agentes agresivos externos: lo que no te mata, te fortalece. Paradojalmente, y tal vez sin contar con todas las herramientas que fortalezcan, la muerte afirmó el deseo de vivir, de lograr aquello simple o complejo que alguna vez se deseó y que también quedó como mandato.
El proceso de validación social para un oficio transcurrió como el deseo lo trazó, pero con la contradicción entre el mandato y el portador del deseo.
A estas alturas esa contradicción es parte del pasado y no reviste mayor preocupación en tanto el deseo se sobrepuso al mandato. Hoy cuento con todo aquello que se puede esperar en la vida adulta, comienzo a dar vuelta el tiempo y observo que mis hijos caminan, sin sonresaltos y sin traumas (espero), por lugares semejantes, pero no iguales, a los que yo viví.
La rutina laboral hace que los días, meses y años pasen rápidamente. La percepción del tiempo, por lo mismo, cambia. Si cuando era niño los días eran eternos, ahora, y aunque me acuesto más tarde y duermo menos, los días son más cortos. Hasta dejé el nomadismo y me establecí en una casa de la cual espero, sea el lugar que me acoja durante muchos años. Indudablemente, por algunos eventos que han ocurrido, me percato que la vida tiene un límite, el arrojo adolescente ha dejado paso a la comprensión de que el “estar en el mundo” se puede acabar y, porque deseo seguir viendo crecer a mis hijos y compartiendo con mi pareja, me hacen vivir la vida con más precaución. Comprendo perfectamente que reparar la rueda de un auto no es lo mismo que reparar la vida de una persona y que no estoy exento de accidentes y que, por tanto, la vida tiene su límite en la muerte. En un gesto que podría definir como entremezclado entre cierta nostalgia y simpatía recuerdo con cierta sorpresa las cosas que alguna vez hice y que no volvería a repetir.
Se que algún día moriré, no se cuando ocurrirá ni como será. Esa incertidumbre es lo que me moviliza, me mantiene en la ilusión de que para aquello falta aún mucho tiempo por transcurrir, que de todas formas alcanzo a hacer y ver un montón de cosas y que, por ahí, a la vista de otros, estoy recién empezando – desde que tengo uso de razón que escucho lo mismo, Dorian Gray se sentiría tan reconfortado con esa frase, por el contrario, a mi me carga - , en fin, es posible que lo que haga diariamente sea una rutina, pero aquello no tiene mucha importancia ya que es posible que en un momento ocurra algo, que suceda alguna cosa importante o porque dentro de lo que realizo día a día, aporte a algo que espero y deseo .
Una vez que estamos en el mundo, todo lo que articula nuestras vidas es una incerteza, un vacío, la presunción de saberse incompletos y, por tanto, la vida es la posibilidad de alcanzar esa completud; la vida es ese tránsito, la completud es la muerte. Una vez que la cosa se vuelve cierta, la muerte deviene y se acaba la vida: la falta de la falta deviene en la melancolia.
La vida es una ilusión de que el juego merece ser jugado hasta el final.
Que pasaría si un día te dicen que por lo que tu cuerpo ha hecho en contra de si mismo te vas a morir (no es que a mi me ocurra, es que el significante se acerca). La simpleza de lo deseado cuando niño, la necesidad adolescente de autoafirmarse y diferenciarse de adultos y niños, la tranquila rutina de la vida adulta con la complejidad y proyectos de mediano y largo plazo; con el deseo de dar lo mejor y ver crecer a tus hijos. Ante un hecho de semejante magnitud, fuera de toda lógica, regla biológica y sistémica. Se supone que lo natural es que el deseo fenezca con la muerte y no antes, entonces puedes preguntar:¿Para qué voy a trabajar mañana si he de morir? No se cuándo, pero ya está dicho, es una certeza; ¿Para qué reparo el autito si no podré jugar con él? ¿Para qué ir a buscar el mundo dos cuadras más allá? ¿Para qué cortejo a esa mujer si no la podré amar? ¿Para qué compro una casa si no la podré usar como el lugar donde me cobijo? ¿Para qué desear si no podré seguir viviendo? ¿Qué sentido tiene la relación con los demás si ya estoy muerto? ¿Qué sentido tiene si lo que verán en mi es una cadáver que circula produciendo lástima? y la lástima no es muy productiva. El mundo, la vida… son posibilidades cerradas.

5 comentarios:
Me quedó dando vuelta eso de que la muerte es la completud, eso para un creyente, verdad? un creyente en que hay otra vida después de la vida, verdad?
Bueno, estimadísimo, la vida es como uno quiere verla no más, qué ves cuando ves y si ves alguna vez como otro ve. Qué individual es la vida, es lo que puedo tener como certeza.
Creo entender la relación que haces en tu escrito con el deseo que nos mueve cada día, que puede estar dado por los hijos, el trabajo, una quimera...claro que la muerte es la completud porque ya no hay necesidades, se tiene todo...o nada, porque no es más lo que se necesita. Con respecto a saber que te morirás, que es la muerte anunciada que todos sabemos que llegará, pero más próxima, eso desde mi perspectiva se asemeja al temor, inquietud o lo que fuese que causa el cierre de cualquier ciclo, de aquellos que nos son importantes. Cuando muere lo que impulsa a seguir llevando adelante aquello que no va más, pero que tu no pensabas acabaría aún...Hay muchos que andan por la vida como muertos con fecha anunciada y no necesariamente porque así sea...
Aunque todos los textos publicados son muy interesantes, según el propósito que cada uno tiene....éste en especial, me produce una extraña mezcla de sentimientos. Cuando el deseo se va extinguiendo en mí,por las razones que sean, logra remecerme, ya que el sólo pensar en algo tan obvio, como que todo es finito, que el ciclo se cerrará en cualquier momento, me dice, levántate, aprovéchalo y disfrútalo...
Debo reconocer que al igual que con algunas canciones, siento adicción por este texto...
¿Será que devela la realidad de quién aquí escribe???..
¿Será que algunos párrafos reflejan mi propia vida???
¿Será que estoy envejeciendo??
Medea..
Me apasiona sentir las mismas emocioes tras una década de haber leído este texto...
Me preocupa tener que volver aquí cada tanto, sin embargo me agrada lo que encuentro.
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